miércoles, 20 de diciembre de 2017

20 de Diciembre 2013


Hoy solo me consuela silbar así.
Y nada me desconsuela previamente, pero todo me abruma. Como una niebla negra que bulle entre las grietas de la acera e inunda el aire. Como un smog desde abajo, y como si ese smog fuese maligno, como si concentrara stress, indiferencia, vacío inútil, superficialidad abrupta y explosivamente excesiva. E hiciera más grave la gravedad. Y nos arrancara algunos átomos, derritiendo la bondad.
Pero entonces silbo.
Y se mueve un poquito esa bruma. Y me deja pasar. Y no hace tanto daño. Y como voy en bicicleta, se abre un poco más. Y desaparece casi por completo -excepto cuando tengo que frenar de improviso y rápidamente trata de agarrarme de nuevo-, pero entonces silbo con más fuerza.
Y silbo así..

jueves, 7 de diciembre de 2017

6 de Diciembre 2017


Y pensaba, al mirar aquel valle, que para apreciar honestamente un paisaje hay que hacer al olvido capaz de levar ancla en el corazón.

Levar ancla para que éste pueda zarpar y navegar un mar de tribulaciones, como la propiedad de las cosas y los sentidos de pertenencia, que corroen profusamente el lugar que se habita.

Navegar, por sobre las violentas olas que provoca aquel tullido esfuerzo de la mente por asfixiar con comprensión futuro y pasado.

Navegar, libre y desolado, sorteando los roqueríos interminables de circunstancias nimias y latentes, que escapan inclaudicables de imágenes y poros.

Navegar. Azaroso, pero abierto. Conectado tan directo y absoluto con las estrellas como con los ojos. Maravillado corazón, rebosante de tranquilo miedo y gotas de silencio.

Solo así se puede sentir un paisaje, volviendo a la sinceridad del pecho infante, a la mirada desorbitada, a la sonrisa como saludo automático del alma a la fantasía encarnada en horizontes y sus siluetas.

O quizás, sólo así es que puedo encontrar destino, en aquellos destellos, esos fugaces momentos, en que el olvido me ha regalado, al levar la pesada ancla, la ligereza de mi mismo.

martes, 31 de octubre de 2017

31 de Octubre 2016


En un principio quise eso, lo tuve, me aburrí. Y ya no lo quise más.

Lo dejé entonces, pero al tiempo volví a quererlo. Quererlo un poco distinto eso sí, a ver si no me aburría esta vez. Entonces no lo tuve.

Después aprendí a no quererlo, pero lo seguía queriendo, quizás inconscientemente, y lo tuve una vez más. Ahí fue cuando me lo quitaron, no me alcancé a aburrir. Ahí dolió.

Después decidí no saber si lo quería o no, y me anclé en la evasión, en la incertidumbre.

Y así fue pasando el tiempo hasta que no me di cuenta que lo tuve nuevamente. Lo tuve. Lo tuve y se perdió. Solo se perdió.

Y después me perdí yo. Me perdí en cuantas veces pasó lo mismo, entonces dejé de tener sentido. Y quedó todo, en desorden. Y al mismo tiempo. Siempre.



jueves, 26 de octubre de 2017

25 de Octubre 2013 (Edición 2017)

Robo un espacio.

Hoy fui profesor, y alumno.
No todos los días se vive así.
A veces, sólo mandamos mails y llamamos por teléfono.
A veces sólo vendemos. O no vendemos, y es peor.

Y siento desde mi parietal alzarse las gruesas murallas
De piedra cruda, gris, pesada
Reacción elemental, al tratar de flexibilizar la experiencia
Con palabras, con brechas
Que derritan las causalidades, e intuyan un algo más

Busco disolverme,
Y desparramarme, para sobrecargar lo evidente
busco rebalsar la copa

Poco a poco voy entrando en el armario de lo que no es incertidumbre
Pero tampoco certeza
Y los objetivos concretos se transfiguran, metamorfosean

Y los aprendizajes se hacen polillas, que se hacen pelusas, que se hacen esporas, que se hacen algo así como pétalos que nadan en el aire

Y ya estoy más allá.

Me perdí, y por fin me siento en casa

Ya no hay muralla, ya no hay cadenas, ya no hay armario
Solo están en su ausencia
Tranquilizadora ausencia

Me rasco, vuelvo al presente. O algo así.

Intentémoslo de nuevo.

Hoy exploté un poco, en direcciones amables.
Pero es recurrente recular,
Y quedar nuevamente bajo el techo,
Que se encoje en mi cabeza

Respiro

Vuelvo a abandonarme al río
Tibio, un poco más helado que cálido
Los árboles se mecen, con suave viento
Todo volverá atrás desde el atardecer
Hasta que la noche crea que es prudente llegar
Cuando estemos secos
Cuando estemos listos

A veces me saco una sonrisa solo
Sé que puedo vivir, por eso.

Hasta que me pille el olvido en un mal momento
No quiero pensar mal

Sólo abrazaré la sencilla amistad de los universos que se enraízan en las venas
De mis brazos, de los tuyos

Y confiaré en que alguna vez nos encontraremos, paseando, desde nuestras capsulas
A ratos libertarias, 
Que entienden que solo pueden amar su fin

Pero, por ahora, no quiero decir nada más
Egoísmo sensato
Estoy feliz no estando ahí
Descansando
Dónde me ven

lunes, 16 de octubre de 2017

16 de Octubre 2017

Me molesta en exceso la inequidad, en su amplio y extendido sentido, ¿será el T.O.C.?

Quién sabe.

Me he ganado el apelativo de defensor de causas perdidas como eufemismo de otros epítetos que se dicen cuando no estoy.

He desesperado a muchos, aburrido a otros. Pero no puedo evitar la pasión que impulsa a tratar de darle una mano a algo hundido.

A veces no tengo razón, me equivoqué en la evaluación. A veces no consigo mover un milímetro la percepción. A veces se mezcla el ego y lo enloda todo.

Pero una y otra vez salgo a ese lugar. Más allá de lo políticamente correcto, más allá de lo sensato. Y cuando presiento que nada evitará la caída libre a la desgracia le rezo a Nina Simone, y pido no ser malentendido.

No siempre me escucha.

La empatía me parece un arma ciertos días. Una navaja de doble filo enfundada en el cinismo.

Lo complejo en sí, su totalidad, es ornamental. ¿Qué más podríamos esperar de afrentas de lo individual? Y las capas las mismas de siempre: cercanía, rabia, impotencia, ceguera. El lugar común.

Las capas que cubren la posibilidad de entenderse.

Quizás soy el pecado de ὕβρις, y mi naturaleza es ir contra los Dioses modernos, contra lo intocable. No dejar nada incuestionable.

Quizás mis ojos, en su enfermedad, pueden ver la desigualdad en el corazón lo furibundo. Aún envuelta entre las llamas.

Quizás no. No sería la primera vez que simplemente todo se desmorona con un simple: No.

Pero seguiré sumiso ante la conjunción de pensamiento, sentimiento y sentido. Y me obedeceré a mí mismo, soy hijo de mi triada.

Estoy y soy compelido, cándido, suicida o salvaje, a oponerme al tsunami.


A enfrentar con vehemencia los sesgos más ocultos, y silenciosos, de la injusticia. De la inequidad.

jueves, 12 de octubre de 2017

12 de Octubre 2017

Es hora.

Cada cierto tiempo es hora.

Producto del consumo irrefrenado de noticias, comentarios, hechos, historias, opiniones, ataques, gritos de ayuda, críticas, quejas. Redes.

Cada cierto tiempo, llega a ser hora.

Y me siento acá, al frente, dónde en un momento todo el caos se diluye y concentra, hasta quedar tan solo como una presión semi-inconsciente, hasta hacerse puño y roca, que cargan desde el fondo de la nuca hacia la corteza frontal.

Pero no pasan. Mantienen su distancia ante el blanco. Ante el intento exasperado de expresar. Se asustan. Yo respiro su miedo, y avanzo, decidido a despedazarlos.

Terminada la faena, miro por la ventana. Miro por la reja, miro por las ramas, miro por el tiempo.

Y ya existe la posibilidad de dejar la mente en blanco.

Es la sangre derramada de las ideas, que ya no me preocupo de formar
Es la sangre derramada de la necesidad de respuestas, que he dejado de buscar
Es la sangre derramada de la abrumadora y desesperante abundancia de lo útil y lo inútil, que he logrado callar
El bálsamo que cubre el frágil momento.

El quiebre es inminente, pero el recuerdo sirve para no perder el comienzo. Basta, para no perder el comienzo.

Y temeroso el puño se abre, la roca cae y se rompe, los dedos se expanden, y brota de la palma en el silencio uno, dos conceptos. Y soy dueño de nuevo, de mirar, de volver a ver el mundo más allá, y sin ahogar, del mundo que hay adentro, que hay acá.

Cada cierto tiempo es hora. Llega a ser hora, de volver a ser. 
De crear una, dos o una, tres o una verdad.

Cada cierto tiempo, llega a ser hora. 


Cada cierto tiempo, llegamos a ser ahora.



miércoles, 4 de octubre de 2017

4 de octubre 2017

La indiferencia se disuelve en una cadena de nociones sin forma, sin origen ni fin, eslabones incesantes de arrepentimientos del pasado, de incertidumbre, de terror ante el futuro.

Cada escenario es la esquela de una bomba de racimo que te has atado al pecho.

Entre tanto los caballos tiran de las extremidades, y su galopar desesperado retruena entre el cráneo y la cabeza. Se confunden los gritos.

Hay un costado de fría calma, falsa calma. El costado que da hacia el frente de alguien más.

Bajas la mirada, bajas por la pantalla, bajas por vidas, noticias, publicidad, miras y miras sin parar, en una línea que no acaba jamás.

La furiosa desesperanza inunda y ahoga los poros.

Una cascada. Ya es una cascada.

Buscas personas, sólo hay imágenes. Estelas fugaces de seres que alguna vez se cruzaron en tu camino. Que alguna vez fueron un día.

Y lo que llaman realidad golpea.

A veces te saca una risa. A veces pasa, en forma de lugares, acciones, deberes, responsabilidades, distracciones. Y todo parece haber sido un espectáculo para lo inconsciente, el eco de un circo cuyo único espectador era el odio, propio e íntimo.

Lo que queda decanta en movimiento, en espiral, cíclico, dónde lo fugaz llega a ser cualquiera y todas las opciones. Quien decide. Quien mira. O la palabra misma.

Se expande, y así lo devoran sus hijos.

De los restos siempre nace el vacío
El vacío que es lo más cercano a un abrazo
Vacío, que es la sangre del caos

Y ahí nos encontramos, aún en lo tranquilo, aún a la mitad de la ventana, en el punto exacto entre el adentro y afuera. Somos y estamos en el caos.

Y en la muerte 
un deseo inútil,
una redundancia cándida
descansar en paz

A la mierda

Si aún existe un epitafio
Que diga: respiró
sufrió y descansó
por los breves segundos de una vida

en el caos

lunes, 2 de octubre de 2017

2 de octubre 2017

Llegué al mismo rincón de tantos días

Ideas, sentimientos, torpes, atorados

Cada vez es más extraño tener algo claro. Salvo el odio, salvo la tristeza, con ese ácido que todo lo corroe, lo demás se acumula. Se estanca. Casi todo se obstruye a sí mismo en una canaleta demasiado delgada.

Como que a veces tienes lo que quisiste.

Te escucharon rogar un “por favor, déjame tener lo que quiero esta vez”

Y de repente lo tienes, lo tuviste. Y ya nunca podrás decir “Dios sabe que sería la primera vez”

Lo tienes, lo tuviste.

Una oportunidad, un abrazo, un camino

¿Pero y qué haces con la impermanencia?

¿Qué haces con los mundos que colapsaron en tu deseo?

¿Qué haces cuando se despide, cuando desaparece con un beso?

Es caro vivir solo, te dice el espejo.

Y abres la llave de la incertidumbre para develar los huesos de una vida que ya no te pertenece, que dejó de hacerlo tras esa misma mirada.

Te secas la cara y el pasado a veces vuelve, en su pequeño y distorsionado in vitro, para recordarte que simplemente no puede dejar de ser pasado.

Vas a la ventana, a ver tantas anécdotas, tantas ramas, tantas esperanzas, de algo que nunca se va a realizar.

Y tras darle la espalda a todo, se llega a dónde hace mucho dejó de bastar el silencio.

Donde duele la anestesia.

Tanta anestesia.

Yo quería decir algo más, hacer algo más, sentir algo más, vivir algo más

Yo quería, pero quise y tuve.

Quise y tuve

Y aun así, sigo aquí 

En el mismo rincón de tantos días

lunes, 25 de septiembre de 2017

25 de Septiembre 2017

Escoge tu rabia.

El racismo, la misoginia, la inequidad en cualquiera de sus formas, laboral, social, cultural o educacional. La falta de libertad, la ausencia de amor.

La rabia de otros cuando tú la recibes, o alguien que te recuerda a ti. La rabia de cuando pasa cerca y estabas tranquilo, y no la querías, pero ahí está. En tu puerta.

La soledad, el exceso de gente. La incertidumbre. La miseria, la desfachatez. Los dictadores de Mercedes-Benz, micro o metro. Séquitos.

Tú mismo, lo que no pudiste cambiar.

Un vuelto mal calculado, un producto deficiente, una burocracia más larga que la paciencia, una paciencia más corta que el tiempo que toma leer esto.

Una mentira, las ideas que nacieron de tu inseguridad. Lo que no te dijeron tus padres. Lo que no te dijeron tus profesores, lo que no te explicaron tus amistades, los guiones que escribió una sociedad antes de que nacieras. Y que ya actuaste.

Que el David contra Goliat sea en realidad una violación salvaje, indiscriminada, del vacío y el olvido.

La espera, de cosas, de tiempo. De algo.

El silencio como respuesta. El silencio de miradas calladas. El silencio hijo de una indiferencia que se ha hecho su camino hasta la genética.

Muerte, el turbio deseo, ese absurdo bañado en capas y capas de miedo, que no conoce de resignación. Muerte, y su destrucción de lo sagrado.

Lo sagrado en toda su debilidad.

Los otros. Aquellos que hayan entendido lo que quieran entender.

Escoge tu rabia.

Para mí, hoy, es esta silla eléctrica. Que perdió el barniz hecho de palabras de piedad.

Esta silla eléctrica en la que estoy sentado, esperando a que todo termine.

Esta silla eléctrica, en la que siento mi cabeza arder.

Esta silla eléctrica en la que he dicho la verdad,
y en la que podría haber dicho algo más que la verdad. 



https://www.youtube.com/watch?v=Ahr4KFl79WI


lunes, 4 de septiembre de 2017

4 de septiembre


Miraba para abajo por la ventana de la micro, con la mochila abrazada contra el pecho. Iba sentado atrás, justo debajo de ese asiento que es un poco más alto. Cubierto, tapado ante no sé qué o quién. Otra gente quizás. Subía por Neptuno y miraba pasar una tras otra esas veredas de piedrecilla y arena, esos locales con rastros de pintura quizás de décadas atrás, ese desierto urbano. Y, entre tanto y tan poco, me pregunté si habría algo peor que esos segundos de lucidez en medio del beso definitivo de la locura.

Cuando ya estás perdido, cuando ya dejaste de ser, cuando eres un amasijo de reacciones y convulsiones de lo que alguna vez fue una persona común. El terror es, por un instante, recobrar lo que fuiste y pensabas. Un espasmo de vida en medio de lo que se hacía pasar por la muerte, en aquel embuste del olvido de uno mismo.

Quizás me surgió esa duda al pensar en esas mismas calles y su gente, en el recorrido que me quedaba hacer para llegar a la pega, y mi inconsciente rozó la figura de un anciano, el loco del barrio, a quien siempre se le puede ver por ahí con sus perros, tirando piedrecillas a otros perros, o niños, cuando le baja el ataque. Quien no soporta que lo molesten cuando esta en su rincón, quien blasfema y balbucea en su torpe, pero incansable, caminar con los pantalones casi a media asta.

Como fuere, me clavé en esa duda. En si habrá algo peor que darse cuenta que ese dulce vacío nunca fue tal, que la muerte era un espejismo, como el desmayo en una tortura. Que aún no hay fin. En ese improvisado despertar, que llega tan solo para hacerte caer en cuenta de que algo que pensabas que alguna vez fue únicamente tuyo, como tu cuerpo, siguió sin ti. Me clavé en la idea del pánico de estar preso a la voluntad del espasmo, de no saber de descanso, sólo de engaño, de angustia volátil, voluptuosa y volátil.

La micro seguía avanzando, y no pudo evitar dejarme dónde había otra pregunta. ¿No es esto acaso lo mismo que ya ha pasado, no hay un último cinismo en el traslape de la locura?

Y llegó a mí la caída de la hora de llegada y la hora de salida, el desgarro de los días de semana y los fines de semana, que ocultan la constancia, la gloriosa indiferencia de la luna y el sol. Llegaron a mí los ternos, los vestidos y los trajes, y se deshicieron en telas rajadas de alguna planta o algún animal; llegó el cemento, el concreto y el asfalto, desmembrándose en piedras puestas sobre un volcán que está a punto de estallar, sobre una tierra que está a punto de temblar, de sacudirse de esa mugre en su piel.

¿No es acaso la misma aterradora lucidez?, ¿no es también un brazo del mismo túnel lo que aparece cuando este teatro, esta comedia que pretende tener amaestrado al vacío, se muestra desnudo? Parece, parece ser la misma, lo mismo, lo que aparece cuando esta vida de micros que llegan a algún lugar se devela ante nuestros ojos en su estupidez; cuando nos damos cuenta del tiempo, y de hasta cómo hemos hecho retorcida la senda de hormigas y ovejas.

¿No es el mismo pánico, aquel que nos abraza cuando entendemos lo profundamente insensato que es este esquema, esta coreografía dónde mueren personas al azar, tan solo por nacer aquí o allá, y a veces por menos que eso; cuando no hay ninguna razón para que exista hambre, habiendo comida, frío, habiendo abrigo, soledad, habiendo otros; crueldad, habiendo muerte?

¿No estamos día a día insertos en una locura tal como la del hombre con los pantalones a medio caer, balbuceando blasfemias a un cielo enfermo, tirando piedras a perros y niños?

Y si me abruma pensar en esos segundos de lucidez, en la mitad de la pobreza de una calle periférica, en el cuerpo de un vagabundo que se perdió a si mismo antes que yo naciera, ¿por qué no he sentido ese mismo terror cuando he visto, en los segundos de esa misma lucidez, la locura de mí andar y el de ustedes?

Quizás, el beso de la locura definitiva nos quita algo más que el aliento. Quizás, estando adentro, se pierden nuestras nociones del vértigo, como el dolor del parto se esfuma en quien se vuelve a embarazar.

Quizás el pánico sólo existe en el mismo segundo de la lucidez, y este no es uno.

Quizás sólo imaginamos por un momento que podríamos ser mejores, y eso no alcanza. No alcanzó. No, no es ni será suficiente, para que duela, para temblar de miedo en la lucidez. Porque no duele tanto el darse cuenta de estar loco en esta locura, la que han dejado de lado nuestros locos, esos que blasfeman al cielo y tiran piedras a perros y niños.

Y si sólo lo imaginamos por un momento, el haber sido algo más, entonces nunca hubo una normalidad que añorar, o un camino perdido. Y en consecuencia, una moralidad ulterior a esta falsa moralidad, propia sólo de esta misma locura.

Y así, tampoco existiría algún generador de culpa que retuerza el alma por los crímenes cometidos en la ausencia de uno mismo, una ausencia notoria sólo en la breve lucidez. Pero fútil en la carencia del contraste.

Y horrible. Seríamos la sangre de una locura horrible, una locura castigadora de las otras locuras, una locura antropófaga, si en su locura decidiera convertirse en un ser humano. Una locura que no permite otras locuras. Una locura celosa, una locura que no quiere que la espejeen. Que la hagan mirarse en los ojos de otros locos y darse cuenta de su propia locura. Violenta y salvaje. Un monstruo abrumador, tranquilo, y contundente en su imperio, en su dominio.

Entonces, el mesías de los locos.

De nuestros locos. En eso pienso ahora. En una figura mítica, bíblica, coránica, talmúdica y búdica, que se los lleve, a todos quienes decidieron -consciente o inconscientemente-, no ser parte de esta otra locura, la bestial. Un avatar que se los lleve a la tierra prometida. A un lugar con muchos perros y niños. Y algunas piedrecillas.

¿Y yo?, no sé si me aceptaría.

Pero quizás, si me regala un segundo la cruel lucidez, tal vez pueda preparar el tiempo, el camino, el sentido, y en las calles de este desamparado rincón de la ciudad, pueda afinar mi puntería. Antes de que llegue él, ella, o la policía. 

viernes, 1 de septiembre de 2017

1 de septiembre 2017

Es el pasado el que trato de arreglar, con un refugio. Que pase el vendaval por arriba, que el fuego me haga olvidar el exilio del calor, lo que sembró el caos de una voluntad tullida. Los trazos de un camino que no pude revertir.

El hombre fragmentado, el Frankestein que es monstruo por algo tan distinto que la tradición no alcanza a ver, y que es la misma tradición.

El quererlo todo, el soñarlo todo, el desearlo todo, el comprometerse con todo, el forzar el todo. Del colapso nacen los pedazos, de los pedazos los fragmentos que nunca alcanzan a ser un complejo, una identidad en sufrimiento, un grito constante entre la clavícula y la cavidad dónde debería yacer la razón.

Espero el refugio. Sea un nombre, sea vacío. Sea un invento, sea crisis o infierno. Sea hambre. Sea una mentira. Sea una idea, un amanecer. Sea desgarro, sea dolor.

Espero el refugio. El que lleva la tormenta espera el refugio.

miércoles, 23 de agosto de 2017

23 de agosto 2017

Una sensación que no logro sacar con poesía
Algo más pequeño y contenido que un vendaval
No menos desolador
Abruma lo que haya adentro de este cuerpo

A veces brota en el metro
A veces en la ducha
A veces en el trabajo
A veces antes de dormir

Y no muere
Lo que brota sin vida

Lagunas que son pantanos
Pantanos que son pozos
Pozos que son arenas movedizas
De las que siempre algo
nunca vuelve a salir

Un desintegrar lento
Como al que juegan mis dedos
En mi rostro
Ni si quiera desafía el fin
Una comedia del vacío
Que tarda en llegar

Y tan pronto vendrá

¿Y si nos engañamos escondidos entre los pliegues del sentido?, hubiera preguntado en otros años

Pero se me olvidó como buscar lugares para huir
Y ya parece tan sencillo, tan ingenuo lo que escribo

Entre tanto la sensación no merma, no cede
No se intimida con la poesía
Con el intento de poesía
Sólo crece 
Aquello sin vida
Y no sé como sacudirme esto 
Cómo cubrirme de la tormenta 
Que viene de adentro

No sirven, eufemismos ni analogías
Palabras, no sirven las palabras


Estoy profundamente derrotado


jueves, 27 de julio de 2017

28 de Julio 2017

Estoy pegado

Me pegué en cierta forma de hacer los días y las tardes
En cierta manera de despertar
Me pegué en el trabajo, en los trabajos
En las esperas y en lo que olvido
Me pegué en el recambio del deseo
En los bordes de la confianza, justo antes de los sueños
Y cómo era obvio,
me pegué en la música y en los versos

Bien pegado, me pegué,
bien pegado
Y está difícil soltarse
está difícil salirse

Me duermo entre islas de conciencia
y sigo pegado
Ni si quiera espero saber si esto es una telaraña
o un chicle en el zapato
Si es esa sensación rara de los masticables
que relentecen dientes y muelas
o manos alegres
envueltas, en cola fría y stic fix
cual nueva piel

No, no puedo saber
si es el fondo de una bolsa apretada por el neopren
o soy yo otra vez

Y es que esto se salió de cause
Ni si quiera pensaba llegar tan lejos
Solo partí diciendo que estaba pegado
Sólo quería contarles, que estaba pegado

Y en el intertanto,
en el escribir
me quedé


...

lunes, 17 de julio de 2017

18 de Julio 2017

Y decirle que la extraño. Decirle buenas noches. Está ahí, al lado.

Tan fácil sería escribirle.

Pero no hay nada para ofrecer. Aún no perdono mis errores, tan sólo pedí perdón por ellos.

Y no tengo, quisiera, algo de oro. Para reparar la cerámica rota.

Pero ya es de otro tiempo. Ya no está.

martes, 11 de julio de 2017

11 de Julio 2017



Im-pulsos. De decir que eso de que el orgullo impide ser feliz, no es tan así: que no hay nada asegurado, aunque te comas las palabras, aunque no pienses en ti.

De decir que a veces cambia la piel, pero las manchas y las grietas se mantienen ahí, donde nace y muere lo que no se quiso sentir.

Que quienes piden que se cuestionen los privilegios ajenos, a los propios los han dejado vivir.

Que no basta la tragedia, que le sobra camino al error, que la vida de los tormentos requiere tan sólo un par de neuronas y una mala conexión.

Im-pulsos. De decir. De crear, hacer y dejar de esperar, como palabras amarradas por una consecuencia racional, real.

Pero se asoma el horizonte, siempre igual. Cada vez un poco más cercano al fin. Siempre igual.

domingo, 30 de abril de 2017

23 de abril 2017

Madrugada.-

Diría que esta noche ya no me dormí temprano. Y parece, que tampoco será pronto.

Divaguemos entonces, ¿que se pierde?, y acaso, ¿que no está perdido ya?

Si cierro los ojos y escucho -como el trabajo anda bien-, la tendencia en mi mente es descifrar lo emocional. El algoritmo que parece mezclar anhelos exagerados y quisquillosos, una esperanza vehemente y una endeble, incluso fútil, presencia, carente de mayor atractivo.

Ambos extremos romos, ya sea por exceso o por ausencia. Las sobras y las faltas. 
Y desde el medio, no puedo dejar de esperar a alguien especial, a quien quiera jugar a ser piezas de un puzzle. Ni tampoco evitar tener poco para ofrecer, como esa parte de la gran imagen totalmente vacía, sin detalles ni colores.

Creo que he llegado a cierta calma eso sí. Si bien el deseo es fuerte, los rumores de la muerte son más lejanos y tranquilos.

sábado, 1 de abril de 2017

1 de abril 2017

Siempre me salgo de la pelea. No sé que pelea, pero siempre me salgo. Cuando hay que competir, cuando hay que sonreír, cuando hay que empujarse, para llegar a esa vagina al final del camino. Ya no estoy.

¿Qué es eso?, si no quieres y no te quieren. ¿Qué es eso de forzar, de crear?, pero ya no estoy para incertidumbres.

Llegué a mi casa, o lo que sea que sea. Nunca, la única constante. Nunca una palabra asertiva, nunca una transgresión. Nunca un sentido.

Llegué, y bien podría no haber llegado.

No tengo nada más que decir.

viernes, 24 de marzo de 2017

24 de marzo 2015



No tengo prisa ya
para evitar el paso del tiempo

Me dejé de estresar
me liberé de entrelazar
estertores


Y los dedos ya no tienen que anillar
pequeños infartos
entre las costillas

Esto es un: Que se joda
y me invite
aunque sea como Mercurio y Venus,
con la red en medio

Que se joda lo que pregonaron
que sería con el tiempo

Que se jodan todos,
y me dejen tocar un poco

¿Dónde saco credencial de poeta?
¿Alguien me firma una boleta?

Tiro mis palabras
como un simio su mierda
y todo me parece bonito

Magister, Doctorado
Un libro, un disco
No tengo nada que vender(te)
Ni espero una orgía

Ni si quiera tengo un sentimiento
para este poema

Yo solo quería decir que ya no tengo prisa
tratando de evitar que pase el tiempo
para ser uno más

Ahora lo hago lento
y evito su movimiento echado en el sofá
con una mano atravieso el aire
tratando de agarrar una idea
y rasguñarla
pero sin maldad
pellizcarla
pero sin apretar
tocarla
pero algo más

Ameba es mi estado mental
amarilla
fluyendo como nadando
sin brazos
en un líquido amniótico
en el cascarón de la imagen
mental
en dónde podrías estar

Les voy a describir algo
sutilmente, con escenas borrosas y agudas
un camino, un paso a paso
con cornisas y espacios amplios debajo de una escalera
en un departamento de dos pisos
no muy bien amoblado, con olor a vejez de clase media
y a mitad de ese paseo, les preguntaré una vez más
¿Dónde me dan permiso para ser poeta?

jueves, 23 de marzo de 2017

23 de marzo 2015



El impulso de correr implota
lentamente
como pedazo de manzana agría bajando por la garganta
escaseando la saliva
rasga
y dura
tanto dura
que tras la extinción queda el fantasma
el resentimiento en los músculos

No había a donde ir

Todas las noches eran la impotencia

No se puede huir de
estoy buscando otra forma de decir llanto.

Un hoyo negro se hace cada vez más profundo
no necesita tiempo, espacio, densidad
ni si quiera dimensión
se hace más profundo porque quiere

No es un hoyo negro
Y se hace más grande mientras más se aleja
en mi
llevándome con él

No se puede huir de
estoy buscando otra forma de decir desolación

Amor
Fe
Magia
Esperanza
Mi colección de palabras para taxidermia

Hereje de mis profecías
de mis ausencias
Podría haber tejido una manta de odio
para que no tocaras la carne abierta con tus ojos

Siempre me odie antes que a ti
fui muy rápido para esta vida

No hay dónde ir
Los sueños sin techo/
desalojaron los cuentos que aprendí/
para comer sus huesos

Los grises los miran, mientras hipotecan la vida
pagando
con anestesia del alma

Y yo no me decido a morir.

Que quieres que diga,
me interesa la inmortalidad.

Pero se me olvida respirar muy seguido respirar muy seguido. Respirar.
Muy seguido, se me olvida.

.
¿Y te gusto ahora?
¿vayamos al cine?

miércoles, 15 de marzo de 2017

15 de marzo 2015



Hola querida masa informe que potencialmente puede convertirse en rostros y recuerdos. O no. Puedes quedarte en silencio. Y me gustas por eso. Por tu inmediatez y tu caos.

Te cuento que tengo miedo.
Y ya sé que en nuestra eterna correspondencia eso equivale a un saludo. Siempre igual, no por ello menos cierto.

Y tengo miedo porque me voy de esta ciudad, donde hundí la cabeza por 6 o 7 meses. La dejo y quiero y no. Me voy porque no nos enamoramos, pero quedé en semifinales.. y si fuera otro quizás hubiéramos seguido simplemente. Ya saben, armando un hogar, esculpiendo hijos. Pero no, nunca fui suyo. Y me voy. Me voy de este país que en gran parte siento sin identidad. O donde quizás un año entero no me dio para encontrarla. Pero me voy siendo otro, mejor, sin lugar a dudas. O sea, igual idiota e inexplicablemente complicado-y-fácil como una mañana de domingo.

Me voy al Japón, por unas semanas. Corea, quien sabe por cuanto. China, espero, por un tiempo más. Y después debería volver a Chile. Pero tengo miedo, como extensión del miedo anterior, porque ya estoy mirando la visa a Alemania. Y conozco esa mirada.

Quiero saltar una vez más. No saber que hacer, como siempre, arrepentirme hasta sonreír. Quiero incertidumbre, me falta plata. Tal vez algo pueda hacer, la prostitución dicen que es buen negocio en Asia. Pero más allá de aspiraciones laborales, o sea: De verdad pánico. No sé como sobreviví este año, no sé como podría hacerlo en un país en el que tengo menos control -aún- del idioma, y teniendo lo que es ninguna habilidad más que una esporádica locura y cierta austeridad en tiempos de guerra que raya en el masoquismo.

Busco tu simpatía masa informe de potenciales caóticos. Quiero esperanza. Realidad, ficción, lo que sea. Tampoco es tan terrible volver a Chile, pero me gusta esto de tener tiempo, de que mañana pueda ser cualquier cosa.. y sería una pena dejarlo ir. Sé que cuando vuelva las cosas no serán miel sobre hojuelas. Me estoy perdiendo el "hacer un curriculum", las cotizaciones, el sentar cabeza. Lo sé. Y es que no tener dónde caerse muerto viajando es una aventura, no tenerlo en tu país es un poco menos sexy. Digamos depresivo. Y si muero, pues que sea cruzando la calle, como debería ser, y no porque un día me olvidé de mi.

Creo que sé que quiero, pero tengo tanto pánico de verdad que escribo esto para hacerme frente. Al menos debería intentarlo. Evaluar bien la opción, ver si es completamente factible y viable económicamente. Sí. Solo necesitaba estar seguro. Hay una sombra, cuando imagino Europa. Creo que podría haber mucha tristeza allá, fragilidad. No tengo la misma energía que al principio, y este año ha sido pesado y solitario. Pero así es la forja. Y si me quiebro, habré conocido mi límite. Al menos intentarlo.

Eso. Al menos intentarlo.

martes, 14 de marzo de 2017

15 de marzo 2017


Hay arañas. Lo sé, porque no las mato. Cuando aparecen agarro un vaso y las tomo, deslizando una postal con las estrellas de Escorpio por abajo, con cuidado y lentamente para no herir sus patas. Después las dejo afuera de la ventana, que esta abierta. Lleva todo el verano abierta.

Hay arañas y escucho música rusa, de la Unión Soviética en realidad. De los 80's. Escucho a Victor Tsoi. Ya van a ser como dos años desde que me lo presentaron, en la mesa de la cocina de un departamento cualquiera de Moscu.

Hay arañas dando vueltas, me escuchan como yo escucho la música en mis audífonos. Me escuchan y saben cuando estoy apunto de enloquecer, como pasa varias veces, ya varias veces al día.

Es mi mente, son los pensamientos. Cualquier cosa puede ser un gatillo. Cualquier cosa lo es. Y si hubiera una forma fácil de terminar todo ya lo hubiera hecho, pero nada es fácil cuando se es cobarde. Cuando se teme tal como se respira.

Hace meses, casi un año, que no veo salida. Solo sigo, y ya no sé si espero al desgaste final, la última espiral de locura que me saque de acá, o que ocurra lo que no concibo y todo vuelva a tener un sentido. Solo quiero dejar de sentirme encerrado, en esta celda de impotencia. En esta vida a medias.

Y que todo terminara, ya. Sencillo, tranquilo. Que alguien diga que está bien, que ya fue suficiente, que puedo salir. Y listo. Salir.



Quizás las arañas se apiaden de mi.

14 de marzo 2017

Ya no quiero escribir.

jueves, 2 de marzo de 2017

28 de Febrero 2017

Imbécil, sencillamente imbécil. Ebrio e imbécil.

Sin trabajo, con el corazón destrozado -gracias noche-, con el cuerpo flácido, con la mente débil. Con el alma muerta.

Lloro y no hay consuelo, ninguna pieza en mi vida hace que valga la pena. Nada vale la pena. Maldita sea. Que me maten, que no soy capaz de hacerlo yo mismo.
Ojalá pudiera, ojalá tuviera la valentía para que estas lágrimas fueran acción.
Maldigo desde el infierno todo lo vivo. Maldigo a cada uno de ustedes y su felicidad. No quiero compasión, quiero tranquilidad. Quiero muerte.

Maldita sea toda la existencia.

jueves, 16 de febrero de 2017

16 de febrero 2017

Si pudiera hacerme una lobotomía, una de las primeras cosas que me arreglaría serían los parámetros de belleza. Los bajaría hasta el límite de la sensatez, para que por algún momento, alguna vez, lo hermoso le ganara la pulsada a la amargura.

Seguiría entonces con esas pequeñas manías, autodestructivas, de rascarme la nariz, el cuero cabelludo, la barba, esas intentonas tenaces que parecieran querer -en su compulsión- hacerme desaparecer con su paso de hormiga. 

Y ya cierto de no extinguirme, por voluntad propia, y seguro de disfrutar más las vidas, pasaría a ajustar las revoluciones. Las internas, claro. 

Terminaría así el infinito circuito entre la explosión bolchevique y el duro y gris Estalinismo. Cortaría ese flujo, incansable, de efervescencia y triste silencio y efervescencia y triste silencio y efervescencia y triste silencio... E instalaría en su lugar otra revolución: una cubana. 

Difícil, ardua, no exenta de conflictos y errores, pero sólida, calma, tan calma que permita la sonrisa, la alegría así como el llanto, las playas y las tormentas, el baile apasionado bajo las suaves luces de un siglo pasado y el anhelo de algo más. Todo, mas nunca, jamás, a un niño morir. A ninguno. 

Y así cada uno, con sus alas aperladas, serían los doctores y profesores de mi paz.

Si pudiera hacerme una lobotomía, no habría tanto público en mi. Ni ansiedad tras respirar el viento que mueve incesantemente el puente entre mi piel y el futuro. 

Quizás hasta removería unas cuantas palabras, aquellas que mejor describieran lo que otros no pueden decir. Y me quedaría con ellos, mirando el cielo, esperando respuestas de otros, agradecido. Humilde.

A estas alturas, probablemente la basura ya estaría llena con la necesidad de tener la razón y la absurda responsabilidad de ser implacable ante silencio, pero, y aunque ya sé que para entonces tendría más (o mejor dicho, menos) de lo que merezco, si pudiera hacer una última cosa, un único y final corte, sería reducir el umbral del dolor. 

No, no me malinterpreten por favor. No es por temor, ni sonsa conveniencia, mas bien hasta lo enmarcaría, lo enfocaría a un aspecto: mis pies. 

Ajustaría el umbral para poder caminar días y días sin cansancio, sin mayores limitantes, y así disfrutar tan sencillo como se pueda ese mundo que por fin podría ver, y hasta escuchar, haciendo eco en mi.








16 de febrero de 2015



Existe ese momento, cuando estas en blanco, y tienes que escoger una canción. Es entonces que te das cuenta que eres agua. Y que las músicas son una trillonésima elevada al cubo por dos de Lemmings. Con pequeñas palas y picotas y baldes y van. Uno tras otro. Abriéndose paso por la viscosa y terrosa, arenosa, rocosa, cosa, que es ese indescifrable y bien conocido espacio de la vida que hace de canales, canaletas, cauces y causas, por las que uno fluye. O se estanca, como agua servida en bandeja.


YOOOoooooooooo, la maté. Soy malo, fui malo, seré malo. No en realidad. Pero no la amé. Que es peor -en ciertos países-. Quería hacerlo, lo intenté. Era tanto lo razonable como lo más irracional. Era perfecto e inequívocamente un error. Avancé y cavamos tumbas para muertos de otras dimensiones. Muertos que aún no saben de morir. Tumbas que podrían ser o no ocupadas por el que podría ser o no, un gato. Dos gatos. Gatos, que van a otras tumbas, a ver otros muertos, de esos que supieron cuando debían dejar de avanzar, pero murieron igual.

Y no podría empatar tristezas por lo mismo. En cambio, me quedé con rabia, golpes adentro del cóncavo auxiliar y silencio. Mucho silencio. Era una nueva última vez en la que había resignado una nueva última palabra. Un eterno retorno que se debe aburrir de tanto ruido.

Quisiera un certificado de locura, que me declararan interdicto ante los dioses en favor del vacío, ser reconocido inasible por la vida, caminar un poquito más allá de dónde las balas se suicidan.

Pero nunca aprendí a falsificar firmas.

Espero tranquilo el voto popular, que es indiferente a estas nimiedades. Sacar número, para que la cola me atienda, para que la marcha me atienda, para que los pacientes me atiendan, para que las vidas tranquilas aparezcan, me digan que si existen, que son mayoría y me atiendan. Y quizás en una de las tantas colas que encuentre para esperar a que me atienda una cola, reconozca locos, colas, locas. Tal vez nos riamos un poco. Se les escape la máscara y digan que me entienden, solo para darle retorcijones lobotómicos a sus cráneos; pequeños splaches. Algo que se asemejaría al placer de sacarse los mocos para los transmentales de ciertas esquinas,

Pero que digo, quizás ya me diluí en la ilusión de vivir entre las sombras de los sueños -sombras de esas que se recuestan en el pasto de un parquesito costanero, a la espalda de la luz y el calor que viene tras el mediodía del comienzo de un otoño sin año-.

domingo, 5 de febrero de 2017

5 de febrero 2014 (revisar)



Parte I - Alampuk

En el metro vi a un tipo con un tatuaje detrás de la oreja, era una palabra en alemán que ya no recuerdo. Pensé que era un tanto ridículo tatuarse palabras en otro idioma, ya que -entre otras cosas- probablemente solo lo entenderían personas muy específicas. Pero más allá de eso, que podría ser un objetivo en sí mismo, me incomodó la extranjeriedad de las palabras.

Después de un extraño divagar el siguiente puerto de mi pensamiento fue una palabra que significara lo que quisieras que significara, permanentemente o en el momento. Una palabra que pudiera ser todas las posibilidades, o ninguna. O varias. O algo más.


Pensé casi inmediatamente en Alampuk.

La acabo de googlear y parece que no existía. No me pregunten porque pensé en esa combinación de letras, o mejor dicho en esa palabra. Fue casi una consecuencia sin causa. Algo muy propio, por lo demás, del concepto que podríamos decir que se gestó, o que se dignó a aparecer, en ese carro del metro.

Parte II - Daseinliebe

Saliendo del metro y rumbo a tomar la micro final a mi casa, seguía pensando en temas de palabras y las mezclas de idiomas. En eso llegó a mi mente, tal como llegan las cosas que llegan a un lado desde otro lado, la idea del "Make Love", o hacer el amor. Me quede pensando en el concepto de hacer, y diría que estoy casi convencido de que algo así no se hace, se llega, y por ende sería como un "through love", pero tampoco, no es solo eso. Entonces me acordé de uno de los pocos conceptos filosóficos que recuerdo, el Dasein, el ser y estar en el mundo. Que aparentemente es más complejo que eso, pero lo deje así por mientras.

Creo que ese recuerdo del Dasein es de los pocos procesos mentales rastreables de ese camino, y se debe haber gatillado por la palabra en alemán que estaba tatuada en la oreja del tipo en el metro.

Seguí entonces, y recordé casi simultáneamente que en alemán amor se dice liebe. Daseinliebe. Ser y estar en el amor.

Igual creo que puede ser poco conjugable, no me imagino a nadie diciendo, ¿Oe, vamos a daseinliebar?, o "guashita, te daseinliebaria toda la noche". Aunque probablemente el último caso estaría usando mal el concepto, ya que dudo que tenga sentimientos de amor, o los genere con la persona a la que le propone el acto. Pero, ¿quien soy yo para juzgar?.

De todas formas me gusta el daseinliebe, y claro, Alampuk igual podría ser daseinliebe si lo quisieras/an/a. Si lo quisieras, an, a.
Si, me gusta más con comas.

Ser y estar en el amor, es llegar ahí, ser construido ahí, existir ahí, y también previamente. Y posiblemente después. Y ahí es tantas cosas. Daseinliebe. Es un pensamiento en el que uno podría perderse; tal y justo como uno podría -y suele- perderse cuando (como se decía antaño), realmente se hace el amor.

Parte III - Infinito

Alampuk queridos,as. Alampuk.

jueves, 2 de febrero de 2017

2 de febrero 2017


En los confines de la comodidad
agoniza aún, la igualdad

Ya muerta, a mitad de camino, yace su hermana
Libertad

Por encima mira, ya sin ver, la tercera vestal
paralizada de pánico
quieta,
la bondad
hace una hermosa estatua
realmente hermosa
obra
del tranquilo horror

Del día a día

Y lo que acordamos en silencio
sería amar

/

De la sonrisa
que diste al amanecer
salió el cincel

En la sonrisa 
enseñaste los dientes al olvido



jueves, 19 de enero de 2017

19 de Enero 2017

Supuestamente después de los 30 uno debería estar concretando cosas. Yo soy lento. Y recién comprendo una que otra. Recién sé. Sé.

Que no tendré una casa propia.
Que no tendré postitulo, ni Magister ni Doctorado, ni Diplomas.
Que terminaré mi crédito universitario por llegar al máximo de años pagables y no por cancelarlo completo.
Que no aprenderé a hacer aplicaciones ni páginas web.
Que no seré político, tampoco artista.
Que las amistades se pudren.
Que el alma se pudre.
Que siempre encontraré la excusa perfecta para no ser feliz.
Que la mayoría de las veces no necesitaré una.
Que ya no me enamoré y no podré amar a nadie.
Que no escribo bien y estoy lleno de clichés
Que no espero nada de mi familia, y día por medio dudo de su existencia.
Que hay cosas que no soy capaz de decir, pero si de escribir.
Que me quiero ir, a dónde sea, eventualmente siempre.
Que mi máxima aspiración es la paz.
Que no la tengo.
Que el fracaso es una constante variable.
Que no estoy hecho para la soledad, y menos para la compañía.
Que todo me parece un cortocircuito.
Y que, aún así, no logro morir.
Que no soy capaz, aún cuando no veo ningún motivo para seguir.
No soy capaz.
Que más allá del bien y el mal en todo, respiro en el fondo.

 A mis treinta y tantos, en esta época de concretar cosas, de pasos gigantes, de madurar, hacer familia o historia, de legados o aventuras, resumo todo mi éxito en esto: no soy capaz de morir.

sábado, 14 de enero de 2017

14 de Enero 2014

Como no encerrar en jirones
la belleza del desgaste,
del ángel caído
Los ojos inyectados de sangre en rostros pálidos
los labios rojos,
y el negro en su pureza, amarrando
entre poros, guiños
a una maldad
sutil,
que te deja vivir

Jirones de una tela hecha con la seda
que gotea entre los dedos y la impotencia
que asfixia gargantas
para sacar los gritos
y a la vez, llevar aire a los pulmones,
que se entierra entre las uñas y la piel
para renacer el brillo del iris
y plantar con rabia, sonrisas
en las islas, que hace la sangre en el viento
Y reír, como oscuro rincón del pantano
que tiene más vida que sus edificios de cristal
Y explotar
Y explotar
Y explotar
No me vengas con entendimientos
Se caen las tarjetas
Esto se escapa
Y yo aun empujo la energía con las palmas
Impulsando el alma, para sacudirla de mi pegajosa piel
Bailan las manos y tirita el cráneo
Me retuercen las biologías-físicas-químicas
Se me retuercen
Y el alma no se despega
Y la empujo, yo la empujo
Como no querer destruir un poco
Mucho
-un poco más
La belleza,
llevándola allá, dónde me pueda arrastrar
Allá
Desde donde me pueda tirar
Y sonar
Como un colgador de paños que se despega
Que, por fin
Se libera de la pared
Me rehúso a creer que no hay historias para la gente feliz.
Seré un sonido seco.
En todo seré, un derivar
un reventar
un, un, sonido,
seco
y se me irá la vida en ello.
y ganaré una vida en ello.
Y por fin,
Estaré libre
de la pared

jueves, 12 de enero de 2017

12 de Enero 2017

Tapsin, sudor y lágrimas.

Cuando uno ya no sabe dónde termina la transpiración por la fiebre y empieza la deshidratación por el calor.

Y aún así no es lo peor en mi vida. ¿Pero cual es el sentido de decir esas cosas?, ¿qué busca uno con exponerse, siendo consciente de la mirada hostil de ajenos, personas insertas en su propia miseria, o peor aún, en su felicidad enajenante -ficticia o real-?

Escribir, cualquier cosa, es una acción -emancipada y determinada- en el mundo, y como tal, es la búsqueda de un milagro. 
Por más ridículo que sea el intento, y hasta en su más pérfida forma, es la afronta más grande a la muerte. Es el braceo en las profundidades del mar, aunque sea imposible llegar a la superficie.

miércoles, 11 de enero de 2017

11 de Enero 2017

Entonces uno se lanza al vacío. Es la esencia, y como tal hay algo de agresivo en eso, porque el vacío está dentro de alguien también, que te dice que sí, no o algo mucho más complejo que termina siendo sí o no.

Nunca me sentí cómodo con la violencia, la no consensuada. Podría ser cobardía, podría ser respeto. Podrían ser las dos y el deseo de que todo fuese más sencillo.

Pero a veces uno se lanza. Después viene el miedo, porque no sabes que sigue, por el que dirán, porque no quieres perderle, porque vuelves a estar solo.

Y parece que llueve, pero es solo el viento que hace tiritar las hojas al otro lado de la ventana.

Te vas haciendo viejo, se acaban las instancias. Las ventajas, si es que habían. Creces, en amargura. Vas perdiendo el cómo, asumes la esclavitud del porqué.

Y ya se está oscureciendo.

En el otro lado también me quejaría de que la gente que no quiero se me acercara, se ofreciera. De tener que rechazar, si lo que yo quiero es tranquilidad. Más aún si no paran de venir. Y alguien debe estar ahí, en el otro extremo.

Pero no soy yo.

¿Yo?, yo quiero cruzar, que se den vuelta los papeles. Pero no va a pasar, porque ningún cambio va en contra de la comodidad. Y menos, cuando lo único que resplandece -a veces-, es una limítrofe y esporádica capacidad para sobrepasar el ridículo.