Miraba para abajo por la ventana de la micro, con la mochila abrazada contra el
pecho. Iba sentado atrás, justo debajo de ese asiento que es un poco más alto. Cubierto,
tapado ante no sé qué o quién. Otra gente quizás. Subía por Neptuno y miraba
pasar una tras otra esas veredas de piedrecilla y arena, esos locales con
rastros de pintura quizás de décadas atrás, ese desierto urbano. Y, entre tanto
y tan poco, me pregunté si habría algo peor que esos segundos de lucidez en medio
del beso definitivo de la locura.
Cuando ya estás perdido,
cuando ya dejaste de ser, cuando eres un amasijo de reacciones y convulsiones
de lo que alguna vez fue una persona común. El terror es, por un instante,
recobrar lo que fuiste y pensabas. Un espasmo de vida en medio de lo que se
hacía pasar por la muerte, en aquel embuste del olvido de uno mismo.
Quizás me surgió esa duda al
pensar en esas mismas calles y su gente, en el recorrido que me quedaba hacer
para llegar a la pega, y mi inconsciente rozó la figura de un anciano, el loco
del barrio, a quien siempre se le puede ver por ahí con sus perros, tirando
piedrecillas a otros perros, o niños, cuando le baja el ataque. Quien no soporta
que lo molesten cuando esta en su rincón, quien blasfema y balbucea en su torpe, pero incansable, caminar con
los pantalones casi a media asta.
Como fuere, me clavé en esa
duda. En si habrá algo peor que darse cuenta que ese dulce vacío nunca fue tal,
que la muerte era un espejismo, como el desmayo en una tortura. Que aún no hay
fin. En ese improvisado despertar, que llega tan solo para hacerte caer en cuenta de que algo que pensabas que alguna vez fue
únicamente tuyo, como tu cuerpo, siguió sin ti. Me clavé en la idea del pánico de estar preso a la
voluntad del espasmo, de no saber de descanso, sólo de engaño, de angustia volátil,
voluptuosa y volátil.
La micro seguía avanzando, y
no pudo evitar dejarme dónde había otra pregunta. ¿No es esto acaso lo mismo que ya
ha pasado, no hay un último cinismo en el traslape de la locura?
Y llegó a mí la caída de la hora
de llegada y la hora de salida, el desgarro de los días de semana y los fines
de semana, que ocultan la constancia, la gloriosa indiferencia de la luna y el
sol. Llegaron a mí los ternos, los vestidos y los trajes, y se deshicieron en
telas rajadas de alguna planta o algún animal; llegó el cemento, el concreto y
el asfalto, desmembrándose en piedras puestas sobre un volcán que está a punto
de estallar, sobre una tierra que está a punto de temblar, de sacudirse de esa
mugre en su piel.
¿No es acaso la misma aterradora
lucidez?, ¿no es también un brazo del mismo túnel lo que aparece cuando este
teatro, esta comedia que pretende tener amaestrado al vacío, se muestra desnudo?
Parece, parece ser la misma, lo mismo, lo que aparece cuando esta vida de micros que
llegan a algún lugar se devela ante nuestros ojos en su estupidez; cuando nos
damos cuenta del tiempo, y de hasta cómo hemos hecho retorcida la senda de
hormigas y ovejas.
¿No es el mismo pánico, aquel
que nos abraza cuando entendemos lo profundamente insensato que es este
esquema, esta coreografía dónde mueren personas al azar, tan solo por nacer
aquí o allá, y a veces por menos que eso; cuando no hay ninguna razón para que
exista hambre, habiendo comida, frío, habiendo abrigo, soledad, habiendo otros;
crueldad, habiendo muerte?
¿No estamos día a día insertos
en una locura tal como la del hombre con los pantalones a medio caer,
balbuceando blasfemias a un cielo enfermo, tirando piedras a perros y niños?
Y si me abruma pensar en esos
segundos de lucidez, en la mitad de la pobreza de una calle periférica, en el cuerpo
de un vagabundo que se perdió a si mismo antes que yo naciera, ¿por qué no he
sentido ese mismo terror cuando he visto, en los segundos de esa misma lucidez,
la locura de mí andar y el de ustedes?
Quizás, el beso de la locura
definitiva nos quita algo más que el aliento. Quizás, estando adentro, se
pierden nuestras nociones del vértigo, como el dolor del parto se esfuma en
quien se vuelve a embarazar.
Quizás el pánico sólo existe
en el mismo segundo de la lucidez, y este no es uno.
Quizás sólo imaginamos por un
momento que podríamos ser mejores, y eso no alcanza. No alcanzó. No, no es ni
será suficiente, para que duela, para temblar de miedo en la lucidez. Porque no
duele tanto el darse cuenta de estar loco en esta locura, la que han dejado de
lado nuestros locos, esos que blasfeman al cielo y tiran piedras a perros y
niños.
Y si sólo lo imaginamos por un
momento, el haber sido algo más, entonces nunca hubo una normalidad que añorar, o un
camino perdido. Y en consecuencia, una moralidad ulterior a esta falsa
moralidad, propia sólo de esta misma locura.
Y así, tampoco existiría algún
generador de culpa que retuerza el alma por los crímenes cometidos en la
ausencia de uno mismo, una ausencia notoria sólo en la breve lucidez. Pero fútil
en la carencia del contraste.
Y horrible. Seríamos la sangre
de una locura horrible, una locura castigadora de las otras locuras, una locura
antropófaga, si en su locura decidiera convertirse en un ser humano. Una locura
que no permite otras locuras. Una locura celosa, una locura que no quiere que
la espejeen. Que la hagan mirarse en los ojos de otros locos y darse cuenta de
su propia locura. Violenta y salvaje. Un monstruo abrumador, tranquilo, y
contundente en su imperio, en su dominio.
Entonces, el mesías de los locos.
De nuestros locos. En eso
pienso ahora. En una figura mítica, bíblica, coránica, talmúdica y búdica, que
se los lleve, a todos quienes decidieron -consciente o inconscientemente-, no
ser parte de esta otra locura, la bestial. Un avatar que se los lleve a la
tierra prometida. A un lugar con muchos perros y niños. Y algunas piedrecillas.
¿Y yo?, no sé si me aceptaría.
Pero quizás, si me regala un segundo
la cruel lucidez, tal vez pueda preparar el tiempo, el camino, el sentido, y en
las calles de este desamparado rincón de la ciudad, pueda afinar mi puntería. Antes
de que llegue él, ella, o la policía.