Entonces
uno se lanza al vacío. Es la esencia, y como tal hay algo de agresivo
en eso, porque el vacío está dentro de alguien también, que te dice que
sí, no o algo mucho más complejo que termina siendo sí o no.
Nunca me sentí cómodo con la violencia, la no consensuada. Podría ser cobardía, podría ser respeto. Podrían ser las dos y el deseo de que todo fuese más sencillo.
Pero a veces uno se lanza. Después viene el miedo, porque no sabes que sigue, por el que dirán, porque no quieres perderle, porque vuelves a estar solo.
Y parece que llueve, pero es solo el viento que hace tiritar las hojas al otro lado de la ventana.
Te vas haciendo viejo, se acaban las instancias. Las ventajas, si es que habían. Creces, en amargura. Vas perdiendo el cómo, asumes la esclavitud del porqué.
Y ya se está oscureciendo.
En el otro lado también me quejaría de que la gente que no quiero se me acercara, se ofreciera. De tener que rechazar, si lo que yo quiero es tranquilidad. Más aún si no paran de venir. Y alguien debe estar ahí, en el otro extremo.
Pero no soy yo.
¿Yo?, yo quiero cruzar, que se den vuelta los papeles. Pero no va a pasar, porque ningún cambio va en contra de la comodidad. Y menos, cuando lo único que resplandece -a veces-, es una limítrofe y esporádica capacidad para sobrepasar el ridículo.
Nunca me sentí cómodo con la violencia, la no consensuada. Podría ser cobardía, podría ser respeto. Podrían ser las dos y el deseo de que todo fuese más sencillo.
Pero a veces uno se lanza. Después viene el miedo, porque no sabes que sigue, por el que dirán, porque no quieres perderle, porque vuelves a estar solo.
Y parece que llueve, pero es solo el viento que hace tiritar las hojas al otro lado de la ventana.
Te vas haciendo viejo, se acaban las instancias. Las ventajas, si es que habían. Creces, en amargura. Vas perdiendo el cómo, asumes la esclavitud del porqué.
Y ya se está oscureciendo.
En el otro lado también me quejaría de que la gente que no quiero se me acercara, se ofreciera. De tener que rechazar, si lo que yo quiero es tranquilidad. Más aún si no paran de venir. Y alguien debe estar ahí, en el otro extremo.
Pero no soy yo.
¿Yo?, yo quiero cruzar, que se den vuelta los papeles. Pero no va a pasar, porque ningún cambio va en contra de la comodidad. Y menos, cuando lo único que resplandece -a veces-, es una limítrofe y esporádica capacidad para sobrepasar el ridículo.
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