Hablar de política, poesía, vida, en facebook parece condenado a priori a ser efímero, insustancial y poco trascendente. Profundas conversaciones se prolongan por lapsos brevísimos, tal como la capacidad de atención en un mundo inmediato permite; mientras que los registros son prácticamente inexistentes y la milagrosa viralización se reduce tan solo a la expansión del ego, que ronda como un fantasma pixelado, mientras el like calma todas las conciencias.
¿Porqué seguir, porqué insistir?, por la carencia de espacios. Porque no todos pueden tener un lugar en la sección de opiniones de un medio, que es la aspiración máxima del habla hoy en día. Porque necesitamos comunicarnos, aquel ejercicio de interacción que -como la misma palabra señala- antaño estaba naturalmente unido a la acción, pero que hoy se ha quedado vacío, desinflado, carente de sangre.
Nos hablamos, nos entendemos, hasta nos coordinamos superficialmente, con espasmos fragmentados, débiles, anémicos. La electricidad pareciera haber aturdido los sentidos, el cuerpo, mientras que las convulsiones aun nos permiten el movimiento, así que pareciera que poco importa. Pero nos falta algo, que pocos pueden decir si realmente existió antes, o es solo un mito. Eso del hacer. Del crear, como sociedad.
Y nos pregunta que piensas. Una y otra vez, nos pregunta.. ¿Que piensas?, ¿realmente quieres saber?, yo se que quieres saber que marcas me gustan, mis preferencias en todo ámbito, a que sector pertenezco y en que es probable que consuma más. Lo sé, se que piensas cuando quieres saber que pienso. Pero no sabes que pienso tras tus estrategias. Pero da lo mismo, porque también sé que no te importa. Pero en tu indiferencia arremeto, sabiendo la derrota. Porque hay flor en el pantano, porque no seré yo, pero será alguien. Porque hay qué. Comunicarse.
¿Y que pensaba?, bueno, si aún sigues estás palabras y no te has mareado como espero que el Uber-bot de facebook lo haya hecho, te diré que pienso en una chica, a la que conocí cuando ella tenía unos 20 años, a quien le di unos malos consejos cuando terminaba mi primer trabajo y ella comenzaba el suyo como presidenta de Federación, y que después vi a la distancia convertirse en un referente social, para terminar siendo una diputada. Pienso en esa chica que conocí, con quien trabaje un poco, y que hoy vi llorar por frustración. Pero vi más allá, y ví a medio país humillandola, por ser mujer, por ser de izquierda, por no ser suficientemente de izquierda.
Pienso también en el chico de 16 años, que murió en una comisaría aparentemente -palabra de rigor en los medios cuando el contraste lo protagoniza un pobre- por una golpiza propinada por la policía. Pienso en como no me ha dado la rabia que me debería haber dado, porque el tipo era un delincuente, porque no lo conocía, porque no era familiar ni amigo de nadie en mis redes, porque ninguna persona importante ha dicho una palabra en su favor, porque apenas salió en uno que otro medio, porque todo -al final- es aparente. Y pienso en que tenía 16 años, y ya no.
Pienso que hay personas que quieren ayudar, pero se tropiezan con sus cordones. Pienso que hay personas que no saben entender la diferencia entre una mirada diferente y un corazón diferente. Y que el odio nos gana. Y nuestra sociedad se maneja, más allá del gobierno, más allá de las empresas, más allá de la banca, más allá de lo fáctico y lo divino, desde el odio.
Y hay gente perdida y gente camuflada. Hay gente perdida -lo diré drásticamente- en la derecha, gente que quiere una sociedad nueva, justa y libre, pero que por no desafiar a sus pares, o porque nunca les enseñaron con cariño, mezclaron miedos y propaganda hasta terminar ahí, o -con algo de mala suerte- en el purgatorio de la apolítica. Y asimismo hay camuflados en la izquierda, quienes quieren el status quo y hasta profundizar las desigualdades, desde las cuales sacan contundentes e incluso ilusorios beneficios. Y entonces se entiende que desde cierta perspectiva, al final, no haya ni derecha ni izquierda, si no personas, confundidas y camufladas, pasivas y luchadoras, justicieras y conservadoras, esperanzadas y desesperanzadas.
Y pienso en lo importante de entender eso. Que la comunicación significativa, la que apela a la interacción y la organización social, debe sortear los escollos, las trampas de estos días, para unir a quienes tienen un corazón amable, a quienes tienen el alma apuntando a una misma dirección, aunque sus miradas enmarquen distintos caminos. Y que, en paralelo, sepa desenmascarar a los lobos con piel de proleta e indicarle con firmeza y al mismo tiempo con el cariño necesario, la necesidad de atarse los cordones a quienes se tropiezan con ellos -y que hacen caer a unos cuantos en el proceso-; por eso, vuelvo al principio: se necesitan nuevas formas de conectarnos, o quizás antiguas, pero refaccionadas para estos días. Mensajes que lleguen, que queden, que generen ideas, movimientos, transformaciones. Registros, semillas.
Pero que fácil es decir lo que se necesita, en vez de hacer lo que hay que hacer.
Pero yo solo estoy diciendo lo que pienso, ¿no era eso lo que querías, facebook?