Dentro de todo lo aprendido y desaprendido, ya no necesito llegar. Este viaje, que me tiene un tanto cansado porque en cierta medida a dejado de serlo, me ha hecho agradable la idea de no llegar, de no alcanzar.
No es que no tenga ambición, la tengo. No es, por otro lado, que tenga demasiadas críticas contra cada uno de mis sueños. Que las tengo.
Simplemente lavo baños. Trapeo también. Lavo platos, la cocina, hace mucho tiempo que vengo haciendo eso último si sumo mi anterior trabajo por estos lados. Y estoy bien.
No sólo entendí, internalicé, aprendí a vida que la dignidad no es algo que está en el trabajo. Oh, señoras y señores, como nos han robado. Y déjenme ser visceral en esto: ¡como mierda nos han robado estos conchasdesumadre!
La dignidad es de las personas, no de los trabajos. No hay trabajo digno, no existe falacia tan coprofílica como esa. Simplemente no hay trabajo digno ni indigno, hay personas dignas o indignas. Lo que hay es trabajos miserables o no miserables. Uno puede ser digno en un trabajo miserable, o indigno en la opulencia, ejemplos sobran por estos días. Y por los otros también.
Pero hoy siento que puedo llegar a Chile y hacer lo que sea, me da lo mismo, mientras no sea un trabajo en extremo miserable. Lamentablemente muchos lo son. Pero aún así, el horizonte es amplio.
Trabajar para pagar la condena del subsistir, mientras me quede tiempo para vivir. O mejor dicho, para luchar contra mi tendencia a olvidar vivir. Eso es todo.
Quizás me ponga a tocar en las calles. Aunque ahora todos están susceptibles con lo del acoso callejero. Pero a los perros entonces les haré cariño. Humor tierno para los niños.
Explosiones, muchas explosiones haré, compraré, rasparé, para impulsarme como yendo a marte, pero tan solo más allá de la gravedad humana, de la rabia, de miedos y de esa ácida locura de grito agudo y uñas hundidas en un pedazo de aire-hecho motas de vidrio molido.
Me voy a disfrazar eso sí, para que no me persiga oníricamente la PDI.
Y que se yo. Quiero seguir intentando ser poéta. Escritor, músico. Aunque solo escriba en facebook, blogs y cante en karaokes. Que más da. ¿Quien más da?
Podría hasta ser presidente, desde niño que quería eso porque siempre me gustó hacer las cosas a mi modo, y lo más importante, que los demás la hagan de igual forma. Ésto en gran medida porque he tenido la sempiterna noción de que tengo la razón, que la tengo, físicamente, como unas de esas esculturas de vidrio grueso puestas sobre un mueble añejo fermentando en un living sobreviviente del holocausto de Ikea.
Claro que al menos en mi actual pega hay desinfectante y puedo usar guantes de plástico.
No sé, podría hacer cualquier cosa. Mi ego está más dócil. Igual quiero gloria y aplausos, felicitaciones, reconocimientos, comodidades, dinero.
Pero ahora no tengo mucho de eso.
Y estoy bien.
Limpiando baños en Wellington.