No pensé jamás en cortar todo, no creí la senda de Siddhartha
apta para mí. Siempre fui mundano, superficial en distintas capas, hasta llegar
a lo profundo. Por eso me fui en un 2.0, o 3.0 quizás. Tratando de armar un
punto medio en alguna de las esquinas.
Tampoco creí que no se pudiera quedar bien con Dios y el
Diablo, siendo ambos accionistas de la misma empresa.
Seguir así no es quererlo todo, es querer un buen resumen. Una
buena historia quizás.
Me puse a viajar entonces para buscar. Solo eso. Gastar
tiempo, vender arrepentimientos, comprar recuerdos. Trocar miedos. Arrendar
esperanzas.
Pero el pasto se quema rápido a las puertas de este verano.
La tierra queda árida, resentida. Y yo aún no me acostumbro a que nos adaptemos
a todo.
A veces el vértigo despierta la ansiedad. O la ansiedad al
vértigo. Como turnándose para protegerse de la calma. Y en la vigilia olvido entender. Olvido
que no puedo saltar el abismo con un paso, ni rimar el porvenir.
Con suerte puedo frenar un poco, y silbar.
Jugar el alma con
el viento que tan solo ahora pasa.
Tengo la fortuna de un mal dormir. El descaro de buscar más
ilusiones. Las ganas de que alguien se decida, y ya sea por azar o vocación,
quedar en algún buen lugar dónde confluyan las emociones que azotan perdidas
el aire.
Nunca pensé en cortar todo. Tampoco en acostumbrarme a decir
adiós.