jueves, 16 de febrero de 2017

16 de febrero 2017

Si pudiera hacerme una lobotomía, una de las primeras cosas que me arreglaría serían los parámetros de belleza. Los bajaría hasta el límite de la sensatez, para que por algún momento, alguna vez, lo hermoso le ganara la pulsada a la amargura.

Seguiría entonces con esas pequeñas manías, autodestructivas, de rascarme la nariz, el cuero cabelludo, la barba, esas intentonas tenaces que parecieran querer -en su compulsión- hacerme desaparecer con su paso de hormiga. 

Y ya cierto de no extinguirme, por voluntad propia, y seguro de disfrutar más las vidas, pasaría a ajustar las revoluciones. Las internas, claro. 

Terminaría así el infinito circuito entre la explosión bolchevique y el duro y gris Estalinismo. Cortaría ese flujo, incansable, de efervescencia y triste silencio y efervescencia y triste silencio y efervescencia y triste silencio... E instalaría en su lugar otra revolución: una cubana. 

Difícil, ardua, no exenta de conflictos y errores, pero sólida, calma, tan calma que permita la sonrisa, la alegría así como el llanto, las playas y las tormentas, el baile apasionado bajo las suaves luces de un siglo pasado y el anhelo de algo más. Todo, mas nunca, jamás, a un niño morir. A ninguno. 

Y así cada uno, con sus alas aperladas, serían los doctores y profesores de mi paz.

Si pudiera hacerme una lobotomía, no habría tanto público en mi. Ni ansiedad tras respirar el viento que mueve incesantemente el puente entre mi piel y el futuro. 

Quizás hasta removería unas cuantas palabras, aquellas que mejor describieran lo que otros no pueden decir. Y me quedaría con ellos, mirando el cielo, esperando respuestas de otros, agradecido. Humilde.

A estas alturas, probablemente la basura ya estaría llena con la necesidad de tener la razón y la absurda responsabilidad de ser implacable ante silencio, pero, y aunque ya sé que para entonces tendría más (o mejor dicho, menos) de lo que merezco, si pudiera hacer una última cosa, un único y final corte, sería reducir el umbral del dolor. 

No, no me malinterpreten por favor. No es por temor, ni sonsa conveniencia, mas bien hasta lo enmarcaría, lo enfocaría a un aspecto: mis pies. 

Ajustaría el umbral para poder caminar días y días sin cansancio, sin mayores limitantes, y así disfrutar tan sencillo como se pueda ese mundo que por fin podría ver, y hasta escuchar, haciendo eco en mi.








16 de febrero de 2015



Existe ese momento, cuando estas en blanco, y tienes que escoger una canción. Es entonces que te das cuenta que eres agua. Y que las músicas son una trillonésima elevada al cubo por dos de Lemmings. Con pequeñas palas y picotas y baldes y van. Uno tras otro. Abriéndose paso por la viscosa y terrosa, arenosa, rocosa, cosa, que es ese indescifrable y bien conocido espacio de la vida que hace de canales, canaletas, cauces y causas, por las que uno fluye. O se estanca, como agua servida en bandeja.


YOOOoooooooooo, la maté. Soy malo, fui malo, seré malo. No en realidad. Pero no la amé. Que es peor -en ciertos países-. Quería hacerlo, lo intenté. Era tanto lo razonable como lo más irracional. Era perfecto e inequívocamente un error. Avancé y cavamos tumbas para muertos de otras dimensiones. Muertos que aún no saben de morir. Tumbas que podrían ser o no ocupadas por el que podría ser o no, un gato. Dos gatos. Gatos, que van a otras tumbas, a ver otros muertos, de esos que supieron cuando debían dejar de avanzar, pero murieron igual.

Y no podría empatar tristezas por lo mismo. En cambio, me quedé con rabia, golpes adentro del cóncavo auxiliar y silencio. Mucho silencio. Era una nueva última vez en la que había resignado una nueva última palabra. Un eterno retorno que se debe aburrir de tanto ruido.

Quisiera un certificado de locura, que me declararan interdicto ante los dioses en favor del vacío, ser reconocido inasible por la vida, caminar un poquito más allá de dónde las balas se suicidan.

Pero nunca aprendí a falsificar firmas.

Espero tranquilo el voto popular, que es indiferente a estas nimiedades. Sacar número, para que la cola me atienda, para que la marcha me atienda, para que los pacientes me atiendan, para que las vidas tranquilas aparezcan, me digan que si existen, que son mayoría y me atiendan. Y quizás en una de las tantas colas que encuentre para esperar a que me atienda una cola, reconozca locos, colas, locas. Tal vez nos riamos un poco. Se les escape la máscara y digan que me entienden, solo para darle retorcijones lobotómicos a sus cráneos; pequeños splaches. Algo que se asemejaría al placer de sacarse los mocos para los transmentales de ciertas esquinas,

Pero que digo, quizás ya me diluí en la ilusión de vivir entre las sombras de los sueños -sombras de esas que se recuestan en el pasto de un parquesito costanero, a la espalda de la luz y el calor que viene tras el mediodía del comienzo de un otoño sin año-.

domingo, 5 de febrero de 2017

5 de febrero 2014 (revisar)



Parte I - Alampuk

En el metro vi a un tipo con un tatuaje detrás de la oreja, era una palabra en alemán que ya no recuerdo. Pensé que era un tanto ridículo tatuarse palabras en otro idioma, ya que -entre otras cosas- probablemente solo lo entenderían personas muy específicas. Pero más allá de eso, que podría ser un objetivo en sí mismo, me incomodó la extranjeriedad de las palabras.

Después de un extraño divagar el siguiente puerto de mi pensamiento fue una palabra que significara lo que quisieras que significara, permanentemente o en el momento. Una palabra que pudiera ser todas las posibilidades, o ninguna. O varias. O algo más.


Pensé casi inmediatamente en Alampuk.

La acabo de googlear y parece que no existía. No me pregunten porque pensé en esa combinación de letras, o mejor dicho en esa palabra. Fue casi una consecuencia sin causa. Algo muy propio, por lo demás, del concepto que podríamos decir que se gestó, o que se dignó a aparecer, en ese carro del metro.

Parte II - Daseinliebe

Saliendo del metro y rumbo a tomar la micro final a mi casa, seguía pensando en temas de palabras y las mezclas de idiomas. En eso llegó a mi mente, tal como llegan las cosas que llegan a un lado desde otro lado, la idea del "Make Love", o hacer el amor. Me quede pensando en el concepto de hacer, y diría que estoy casi convencido de que algo así no se hace, se llega, y por ende sería como un "through love", pero tampoco, no es solo eso. Entonces me acordé de uno de los pocos conceptos filosóficos que recuerdo, el Dasein, el ser y estar en el mundo. Que aparentemente es más complejo que eso, pero lo deje así por mientras.

Creo que ese recuerdo del Dasein es de los pocos procesos mentales rastreables de ese camino, y se debe haber gatillado por la palabra en alemán que estaba tatuada en la oreja del tipo en el metro.

Seguí entonces, y recordé casi simultáneamente que en alemán amor se dice liebe. Daseinliebe. Ser y estar en el amor.

Igual creo que puede ser poco conjugable, no me imagino a nadie diciendo, ¿Oe, vamos a daseinliebar?, o "guashita, te daseinliebaria toda la noche". Aunque probablemente el último caso estaría usando mal el concepto, ya que dudo que tenga sentimientos de amor, o los genere con la persona a la que le propone el acto. Pero, ¿quien soy yo para juzgar?.

De todas formas me gusta el daseinliebe, y claro, Alampuk igual podría ser daseinliebe si lo quisieras/an/a. Si lo quisieras, an, a.
Si, me gusta más con comas.

Ser y estar en el amor, es llegar ahí, ser construido ahí, existir ahí, y también previamente. Y posiblemente después. Y ahí es tantas cosas. Daseinliebe. Es un pensamiento en el que uno podría perderse; tal y justo como uno podría -y suele- perderse cuando (como se decía antaño), realmente se hace el amor.

Parte III - Infinito

Alampuk queridos,as. Alampuk.

jueves, 2 de febrero de 2017

2 de febrero 2017


En los confines de la comodidad
agoniza aún, la igualdad

Ya muerta, a mitad de camino, yace su hermana
Libertad

Por encima mira, ya sin ver, la tercera vestal
paralizada de pánico
quieta,
la bondad
hace una hermosa estatua
realmente hermosa
obra
del tranquilo horror

Del día a día

Y lo que acordamos en silencio
sería amar

/

De la sonrisa
que diste al amanecer
salió el cincel

En la sonrisa 
enseñaste los dientes al olvido