Si pudiera hacerme una lobotomía, una de las primeras cosas que me arreglaría serían los parámetros de belleza. Los bajaría hasta el límite de la sensatez, para que por algún momento, alguna vez, lo hermoso le ganara la pulsada a la amargura.
Seguiría entonces con esas pequeñas manías, autodestructivas, de rascarme la nariz, el cuero cabelludo, la barba, esas intentonas tenaces que parecieran querer -en su compulsión- hacerme desaparecer con su paso de hormiga.
Y ya cierto de no extinguirme, por voluntad propia, y seguro de disfrutar más las vidas, pasaría a ajustar las revoluciones. Las internas, claro.
Terminaría así el infinito circuito entre la explosión bolchevique y el duro y gris Estalinismo. Cortaría ese flujo, incansable, de efervescencia y triste silencio y efervescencia y triste silencio y efervescencia y triste silencio... E instalaría en su lugar otra revolución: una cubana.
Difícil, ardua, no exenta de conflictos y errores, pero sólida, calma, tan calma que permita la sonrisa, la alegría así como el llanto, las playas y las tormentas, el baile apasionado bajo las suaves luces de un siglo pasado y el anhelo de algo más. Todo, mas nunca, jamás, a un niño morir. A ninguno.
Y así cada uno, con sus alas aperladas, serían los doctores y profesores de mi paz.
Si pudiera hacerme una lobotomía, no habría tanto público en mi. Ni ansiedad tras respirar el viento que mueve incesantemente el puente entre mi piel y el futuro.
Quizás hasta removería unas cuantas palabras, aquellas que mejor describieran lo que otros no pueden decir. Y me quedaría con ellos, mirando el cielo, esperando respuestas de otros, agradecido. Humilde.
A estas alturas, probablemente la basura ya estaría llena con la necesidad de tener la razón y la absurda responsabilidad de ser implacable ante silencio, pero, y aunque ya sé que para entonces tendría más (o mejor dicho, menos) de lo que merezco, si pudiera hacer una última cosa, un único y final corte, sería reducir el umbral del dolor.
No, no me malinterpreten por favor. No es por temor, ni sonsa conveniencia, mas bien hasta lo enmarcaría, lo enfocaría a un aspecto: mis pies.
Ajustaría el umbral para poder caminar días y días sin cansancio, sin mayores limitantes, y así disfrutar tan sencillo como se pueda ese mundo que por fin podría ver, y hasta escuchar, haciendo eco en mi.
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