jueves, 16 de febrero de 2017

16 de febrero de 2015



Existe ese momento, cuando estas en blanco, y tienes que escoger una canción. Es entonces que te das cuenta que eres agua. Y que las músicas son una trillonésima elevada al cubo por dos de Lemmings. Con pequeñas palas y picotas y baldes y van. Uno tras otro. Abriéndose paso por la viscosa y terrosa, arenosa, rocosa, cosa, que es ese indescifrable y bien conocido espacio de la vida que hace de canales, canaletas, cauces y causas, por las que uno fluye. O se estanca, como agua servida en bandeja.


YOOOoooooooooo, la maté. Soy malo, fui malo, seré malo. No en realidad. Pero no la amé. Que es peor -en ciertos países-. Quería hacerlo, lo intenté. Era tanto lo razonable como lo más irracional. Era perfecto e inequívocamente un error. Avancé y cavamos tumbas para muertos de otras dimensiones. Muertos que aún no saben de morir. Tumbas que podrían ser o no ocupadas por el que podría ser o no, un gato. Dos gatos. Gatos, que van a otras tumbas, a ver otros muertos, de esos que supieron cuando debían dejar de avanzar, pero murieron igual.

Y no podría empatar tristezas por lo mismo. En cambio, me quedé con rabia, golpes adentro del cóncavo auxiliar y silencio. Mucho silencio. Era una nueva última vez en la que había resignado una nueva última palabra. Un eterno retorno que se debe aburrir de tanto ruido.

Quisiera un certificado de locura, que me declararan interdicto ante los dioses en favor del vacío, ser reconocido inasible por la vida, caminar un poquito más allá de dónde las balas se suicidan.

Pero nunca aprendí a falsificar firmas.

Espero tranquilo el voto popular, que es indiferente a estas nimiedades. Sacar número, para que la cola me atienda, para que la marcha me atienda, para que los pacientes me atiendan, para que las vidas tranquilas aparezcan, me digan que si existen, que son mayoría y me atiendan. Y quizás en una de las tantas colas que encuentre para esperar a que me atienda una cola, reconozca locos, colas, locas. Tal vez nos riamos un poco. Se les escape la máscara y digan que me entienden, solo para darle retorcijones lobotómicos a sus cráneos; pequeños splaches. Algo que se asemejaría al placer de sacarse los mocos para los transmentales de ciertas esquinas,

Pero que digo, quizás ya me diluí en la ilusión de vivir entre las sombras de los sueños -sombras de esas que se recuestan en el pasto de un parquesito costanero, a la espalda de la luz y el calor que viene tras el mediodía del comienzo de un otoño sin año-.

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