Y recién me levanté raudo de mi cama estilo japonés (aka un colchón delgado en el suelo) para ir a buscar mi botella con jugo que dejé en el refri. Abrí la puerta de la pieza, crucé el living, abrí el refri y saque el jugo, todo muy "ágilmente" mientras tarareaba al ritmo de Rocky: Ta-ta,ta,ta--Ta,ta,taaa.. ¿o era la de misión imposible?, la cosa es que saqué el jugo, tomé un poco, y miré esa habitación iluminada por las luces de un árbol navideño que reposa estático junto a un maniquí vestido estilosamente, ambos apoyados contra la pared por un lado, y del otro las pocas y tenues luces de la calle, que entraban por ese ventanal grande que apunta al Monte Victoria. Estaba rodeado por sutiles luces, amables con la oscuridad. Y estando entre la espada y la pared, me di cuenta que estaba en mi departamento en Wellington, yendo a buscar jugo a la una de la mañana, jugando feliz, y mirando una ciudad que podría ser extraña, pero no lo era. Estaba en el mundo.
Por un momento abrí de nuevo los ojos que ya tenía abiertos. Y todo
vino a mi. Confluyó, confluí, ¿confluyendo?, en entender ese segundo y
su vértigo.
Así procedí a respirar profundo, como sacando una foto con el alma, tomé un poco más del jugo, volví a tararear y me devolví -ágilmente- a mi cama japonesa.
Así procedí a respirar profundo, como sacando una foto con el alma, tomé un poco más del jugo, volví a tararear y me devolví -ágilmente- a mi cama japonesa.