miércoles, 20 de diciembre de 2017

20 de Diciembre 2013


Hoy solo me consuela silbar así.
Y nada me desconsuela previamente, pero todo me abruma. Como una niebla negra que bulle entre las grietas de la acera e inunda el aire. Como un smog desde abajo, y como si ese smog fuese maligno, como si concentrara stress, indiferencia, vacío inútil, superficialidad abrupta y explosivamente excesiva. E hiciera más grave la gravedad. Y nos arrancara algunos átomos, derritiendo la bondad.
Pero entonces silbo.
Y se mueve un poquito esa bruma. Y me deja pasar. Y no hace tanto daño. Y como voy en bicicleta, se abre un poco más. Y desaparece casi por completo -excepto cuando tengo que frenar de improviso y rápidamente trata de agarrarme de nuevo-, pero entonces silbo con más fuerza.
Y silbo así..

jueves, 7 de diciembre de 2017

6 de Diciembre 2017


Y pensaba, al mirar aquel valle, que para apreciar honestamente un paisaje hay que hacer al olvido capaz de levar ancla en el corazón.

Levar ancla para que éste pueda zarpar y navegar un mar de tribulaciones, como la propiedad de las cosas y los sentidos de pertenencia, que corroen profusamente el lugar que se habita.

Navegar, por sobre las violentas olas que provoca aquel tullido esfuerzo de la mente por asfixiar con comprensión futuro y pasado.

Navegar, libre y desolado, sorteando los roqueríos interminables de circunstancias nimias y latentes, que escapan inclaudicables de imágenes y poros.

Navegar. Azaroso, pero abierto. Conectado tan directo y absoluto con las estrellas como con los ojos. Maravillado corazón, rebosante de tranquilo miedo y gotas de silencio.

Solo así se puede sentir un paisaje, volviendo a la sinceridad del pecho infante, a la mirada desorbitada, a la sonrisa como saludo automático del alma a la fantasía encarnada en horizontes y sus siluetas.

O quizás, sólo así es que puedo encontrar destino, en aquellos destellos, esos fugaces momentos, en que el olvido me ha regalado, al levar la pesada ancla, la ligereza de mi mismo.