viernes, 30 de diciembre de 2016

30 de diciembre 2016

Año de mierda. Partió mal, termina mal.

El año pasado me demoré un poco en recapitular, así que ahora hago todo lo contrario y me adelanto. Además que nada cambiará estructuralmente, solo podría seguir su curso natural y empeorar.

El 2015 fue muy bueno y no le pedí nada al 2016. El clásico "no esperaba nada y aún así me desilusionó". Así, he pasado gran parte del año con depresión. Sigo en eso.

Ha sido un año encerrado en un cuarto, llorando porque no entiendo la vida, porque está frío, solitario, porque todo sale mal. Podría haber muerto, cuando se incendió el cuarto en el que estaba. Y recurro ocasionalmente a la tranquilidad que da la posibilidad de que todo hubiese quedado ahí.

De hecho, si existiera una eutanasia libre, la hubiera tomado este año. Soy cobarde para morir de otra forma.

Fracasé en todo lo posible este 2016, estoy más solo que cuando estaba viajando y tengo un odio profundo a prácticamente todo, todos y todas. Porque la igualdad en el lenguaje.

Y se me pasa de repente, por segundos, cuando salgo de mi, porque así es la depresión, tiene brotes. Y me puedo reír y escuchar tu vida y decirte, mira que entretenido. Pero cuando se vuelve a uno mismo está todo desgarrado, supurante.

Definitivamente este 2016 ha sido el peor año del que tenga recuerdo, no rescato nada.

lunes, 26 de diciembre de 2016

26 de diciembre de 2014

A veces cuando no encuentro lo que estoy buscando, creo. Creo -de creer y crear-, en/una poética dialéctica. Poética por ambigua, inasible, independiente de mi. Dialéctica por algo que se enfrenta, se une y forma algo distinto.

¿Que es lo distinto?, la presencia y ausencia de la búsqueda. Por breves momentos ya no necesito nada, porque estoy en el flujo de las colisiones. Me devengo a mi mismo, me arrastro a un momento. Me canso, y olvido.

Escribir. Aunque sea así, a tirones.

Y ahora puedo ir a trabajar tranquilo.

sábado, 24 de diciembre de 2016

24 de diciembre de 2013

Al fin y al cabo, estos días son como tormentas. Como un terremoto, o un huracán, pero que nosotros inventamos. Algo que partió de acá, entre uno y otro, pero que externalizamos y se fue, que ya nos superó. Tal como si fuese realmente una inclemencia climática, como si fuera una más de las fuerzas incontrarrestables de la naturaleza.

Y así mismo me hace sentido -tal cual haría en otros casos similares-, mirar todo con impotencia, asombro, miedo y cierta alegría. Si, alegría. Esa que va ligada a un nerviosismo ansioso producto del movimiento abrupto de la realidad.

Y es que ya, inevitablemente, algo pasa. Y por rutinario que sea, y por ende, aunque no tenga la cuota de sorpresa de otros fenómenos que perturban la coreografía del día a día, igual estas fechas son nuestro propio desastre, y por ello merecen algo de contemplación morbosa.

Ahora, nuestro ficcionado acontecimiento también regenera el calor humano que es propio ante la desgracia natural, pero innegablemente con ese toque plástico, aséptico, característico de estos momentos históricos de nuestra especie, que hacen del mismo hecho algo superficial y efímero. Pero algo es algo.

Algo es algo.

¿Y quién soy para juzgar?, como no lo tengo claro, me aprovecho de las circunstancias y lo hago igual, pero con moderación.

¿Se podrá realmente ignorar este desastre artificial, y vivir al margen del mismo?, ¿o como cualquier otro cataclismo natural es extensivo -sin discriminación alguna- a todos los que lo presencian?

Quizás aún no está completo como desastre y tiene brechas desde las que desentenderse. Pero quien sabe, el mundo se hace global, el globo se hace mundial. Y a mí me gusta divagar. Me gusta divagar.

Y ya llegó la hora del amigo secreto en la oficina. Y sé que, esta vez, no seré de la excepción. Quien sabe ustedes... ¿sálvense?

Igual creo que seguiré divagando.
Me gusta divagar.

20 de diciembre de 2013

Hoy solo me consuela silbar así.

Y nada me desconsuela previamente, pero todo me abruma. Como una niebla negra que bulle entre las grietas de la acera e inunda el aire. Como un smog desde abajo, y como si ese smog fuese maligno, como si concentrara stress, indiferencia, vacío inútil, superficialidad abrupta y explosivamente excesiva. E hiciera más grave la gravedad. Y nos arrancara algunos átomos, derritiendo la bondad.

Pero entonces silbo.

Y se mueve un poquito esa bruma. Y me deja pasar. Y no hace tanto daño. Y como voy en bicicleta, se abre un poco más. Y desaparece casi por completo -excepto cuando tengo que frenar de improviso y rápidamente trata de agarrarme de nuevo-, pero entonces silbo con más fuerza.

Y silbo así..

sábado, 17 de diciembre de 2016

17 de diciembre 2014


Llueve con furia. Furia un tanto flemática, como corresponde a una ex colonia inglesa. Furia con un toque de reserva podríamos decir, es el corazón de una noche de supuesto verano, protegida tras las costillas de las 3 de la mañana. Y yo voy descargando el cuarto episodio de los 80's, ya que me rendí de tratar de verlos online.

Ésta es la última noche antes de entrar a un nuevo trabajo, a una nueva vida dentro de una nueva vida. Y en el camino al desvío me di cuenta que hace tiempo dejé de esforzarme por conocer gente nueva y me quedé con las raíces que ya habían crecido, una estrategia que terminó con los Mayas. Algo así como una tala de roza. 

Aun no sé a ciencia cierta como hacer los malabares respectivos. Tengo el mismo miedo que siempre he tenido, y no he parado de cuestionar todo, con especial ahínco en lo que pareciera inútil. En síntesis, nada ha cambiado mucho más allá del marco. Y el cuadro. Y quizás la pintura.

Estoy tranquilo. Pero dejó de llover, y la noche perdió su encanto. Ya no se pueden esconder las palabras tras el ruido de las gotas.

lunes, 12 de diciembre de 2016

12 de diciembre 2016


A veces las horas más oscuras tienen un cielo despejado
A veces en los momentos más solitarios, los vecinos se refrescan en su piscina
mientras el aire asfixia de logros ajenos

Supura la competencia, el exitismo, por las heridas del quedarse en el camino
Y tiemblas.

Miras atrás, pero no hay ni hombre ni mano con cuchillo. No hay amenaza, no hay a que temer salvo a ti mismo

Me tiro a pedazos por la ventana, sin valor de hacerlo entero
Tampoco hay altura para el pragmatismo, es un segundo piso

¿Por qué se me pasa a ratos la pena y me aferro?
¿Por qué río?

Es la conciencia del desastre.

Que patética sensación leer el pegoteado de palabras, el pastiche, desprovisto de sentimientos
Todo esto es tan divertido

El sentimiento de estos días, que ha podido más que el saber.
Empujo con mi pecho la inercia hacia el caos, y quiero arrepentirme después.
Lo espero, le tengo Fe

¿Amor dónde, para qué?

Solo el ridículo. Mientras no llega la muerte
Que a veces se ve tan bonita de perfil



miércoles, 7 de diciembre de 2016

7 de diciembre de 2010


No me malinterpreten, amo a mi patria, profundamente. Pero mi amor por América es gigantesco, tanto que borra fronteras, se me sale del cuerpo y se desborda su cause, forjando un nuevo camino, que vislumbra en el horizonte el simple y absoluto amor por la Tierra y su humanidad a cuestas.

domingo, 4 de diciembre de 2016

4 de diciembre de 2013


A veces solo soy yo cuando escribo.
A veces solo soy quien quiero ser cuando escribo.
A veces solo soy, cuando escribo.
Hay una meditación, un estado de trance, entre las letras y lo que encuentren en el momento, lo que haya, cuando canalizan aquello que la parte más vertiginosa de mi mente ha dejado escapar. Cuando agarran un poco de lo que hay al fondo.
Definitivamente esto es para mi. Pero solo puede ser compartido.
Las palabras son puentes en esencia, su uso es conexión. No hay palabra que no una.
No, porque aunque no llegue a nadie, le llegará siempre a la imaginación.
A la imaginería de otros, de un otro.
Es lo social en el individuo. Es más. Es la conexión con todo en el individuo.
El intento.
De como se diga, bailamos.
Si es certero e inflexible
Si es sinuoso, con estallidos de infinito
Pasos, movimientos y pasos.
Yo bailo y canto cuando escribo
No sé tú, pero sé que también.
Y que más da.
A veces puede que seamos todos.

sábado, 3 de diciembre de 2016

3 de diciembre 2016



Escucha canciones tristes en francés, que poco y nada entiende, mirando hacia afuera, sentado al frente de la ventana, media abierta. Empieza a correr viento.

Quería escribir algo interesante, pero ya es tarde. Su joven vecina ha cruzado el pasillo que va de la puerta de su casa hacia la reja, con dos amigas parten a la noche. No lo ven, pero hacen manifiesto en el peso de su andar que lo saben todo, de su fracaso. Él se come unas palabras.

Es claro que esta noche no logrará nada. Quería hablar de lo volátil que se hace la pena cuando se transforma en rabia, liviana. Y la rabia, tan sencilla como un cuchillo o una úlcera.

Quería hablar de las flores que flotaban en el pequeño flequillo de la reja a la entrada, rincón olvidado e inservible. Quería intensamente decir que flotaban, insistir una y otra vez en que flotaban. Y jugar con palabras con las flores con la telaraña.

Quería explicar que tan roto estaba por dentro, que era incapaz de algo normal. Algo, que siempre se iba a terminar decantando por las grietas. Algo, que era incapaz, también, de dejar de esperar.

Y el viento se recordó salvaje. Abrió la ventana de golpe, botó un vaso, cayeron las cosas, dulces, hilos, y él pensó que no debería haber escrito y lo borró todo. Creyó que el viento había hablado. Y se sintió superior. Y se vio ridículo. Y volvió a la superstición. Sintió que en el fondo, tan sólo algo malo podría pasar.

Volvió en sí. Seguía roto. Con cosas que no diría, con algo de frío. Con las manos pesadas y el cuello encorvado, caído. La mirada rendida. Cerró un poco la ventana, hasta dejarla medio abierta una vez más.

Recordó que podría haber parado, haber entrado a una oportunidad, una casa abierta, gente alegre. Pero sintió que sus huesos se habían exprimido hacía adentro, y desde la médula todo había sido succionado hasta tragarse a sí misma.Sintió que se había chupado la sustancia que pudiera sostener los átomos que conforman la dignidad.Sintió que todo había ido a parar a un vacío que se escapaba con el universo. Recordó, que necesitaba lo que no podía tolerar.

Así que siguió su camino y terminó en su presente.

Aún escucha canciones tristes en francés, que poco y nada entiende. Y mira hacia afuera de la ventana, media abierta.


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3 de diciembre de 2015


Ya no tengo tiempo para escribir algo, pienso mientras lo hago. Ahora. Y sigo.
Son 14 años, quizás más. Y actúo como si fuera nada, pienso que no es nada, y aun así escribo.

Ayer me dormí no pensando en ello.

Y hoy pasé el día, medio vivo, medio muerto; como podría ser cualquier día de cesantía, prácticamente sin pensar en ello.

¿Que hay de mi?, ¿que no quiero ver; que hay por enfrentar, que enfrentaré?. Ah, y los lugares de la culpa. Afuera o adentro. Afuera y adentro.

Sigo sin tener tiempo, cada vez menos, y sigo con cara de poker ante el día. Ante los años. Ante tantas cosas que no alcanzo a enumerar.


Me esperan los nudos, o los causes. Vaya a saber uno. Quizás solo los cruces, las paralelas líneas de los caminos distantes.


Son solo 14 años, o más. No llevo la cuenta. Y ahora no tengo tiempo porque atraso su final.

Voy allá, con el semblante irrelevante del cualquiera, la camisa azul floreada, los pantalones negros y las únicas zapatillas al borde de la extinción. Voy con algunas historias que levantan mi mirada y un par de cicatrices a las que ya tanto no temo. Voy con una vida en constante refacción, pero hecha.
Voy, y son mis decisiones las que me esperan en el aeropuerto.