Al fin y al cabo, estos días son como tormentas. Como un terremoto, o
un huracán, pero que nosotros inventamos. Algo que partió de acá, entre
uno y otro, pero que externalizamos y se fue, que ya nos superó.
Tal como si fuese realmente una inclemencia climática, como si fuera una
más de las fuerzas incontrarrestables de la naturaleza.
Y así
mismo me hace sentido -tal cual haría en otros casos similares-, mirar
todo con impotencia, asombro, miedo y cierta alegría. Si, alegría.
Esa que va ligada a un nerviosismo ansioso producto del movimiento
abrupto de la realidad.
Y es que ya, inevitablemente, algo pasa.
Y por rutinario que sea, y por ende, aunque no tenga la cuota de
sorpresa de otros fenómenos que perturban la coreografía del día a día,
igual estas fechas son nuestro propio desastre, y por ello merecen algo
de contemplación morbosa.
Ahora, nuestro ficcionado
acontecimiento también regenera el calor humano que es propio ante la desgracia
natural, pero innegablemente con ese toque plástico, aséptico,
característico de estos momentos históricos de nuestra especie, que
hacen del mismo hecho algo superficial y efímero. Pero algo es algo.
Algo es algo.
¿Y quién soy para juzgar?, como no lo tengo claro, me aprovecho de las circunstancias y lo hago igual, pero con moderación.
¿Se podrá realmente ignorar este desastre artificial, y vivir al margen
del mismo?, ¿o como cualquier otro cataclismo natural es extensivo -sin
discriminación alguna- a todos los que lo presencian?
Quizás aún
no está completo como desastre y tiene brechas desde las que
desentenderse. Pero quien sabe, el mundo se hace global, el globo se
hace mundial. Y a mí me gusta divagar. Me gusta divagar.
Y
ya llegó la hora del amigo secreto en la oficina. Y sé que, esta vez,
no seré de la excepción. Quien sabe ustedes... ¿sálvense?
Igual creo que seguiré divagando.
Me gusta divagar.
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