sábado, 24 de diciembre de 2016

24 de diciembre de 2013

Al fin y al cabo, estos días son como tormentas. Como un terremoto, o un huracán, pero que nosotros inventamos. Algo que partió de acá, entre uno y otro, pero que externalizamos y se fue, que ya nos superó. Tal como si fuese realmente una inclemencia climática, como si fuera una más de las fuerzas incontrarrestables de la naturaleza.

Y así mismo me hace sentido -tal cual haría en otros casos similares-, mirar todo con impotencia, asombro, miedo y cierta alegría. Si, alegría. Esa que va ligada a un nerviosismo ansioso producto del movimiento abrupto de la realidad.

Y es que ya, inevitablemente, algo pasa. Y por rutinario que sea, y por ende, aunque no tenga la cuota de sorpresa de otros fenómenos que perturban la coreografía del día a día, igual estas fechas son nuestro propio desastre, y por ello merecen algo de contemplación morbosa.

Ahora, nuestro ficcionado acontecimiento también regenera el calor humano que es propio ante la desgracia natural, pero innegablemente con ese toque plástico, aséptico, característico de estos momentos históricos de nuestra especie, que hacen del mismo hecho algo superficial y efímero. Pero algo es algo.

Algo es algo.

¿Y quién soy para juzgar?, como no lo tengo claro, me aprovecho de las circunstancias y lo hago igual, pero con moderación.

¿Se podrá realmente ignorar este desastre artificial, y vivir al margen del mismo?, ¿o como cualquier otro cataclismo natural es extensivo -sin discriminación alguna- a todos los que lo presencian?

Quizás aún no está completo como desastre y tiene brechas desde las que desentenderse. Pero quien sabe, el mundo se hace global, el globo se hace mundial. Y a mí me gusta divagar. Me gusta divagar.

Y ya llegó la hora del amigo secreto en la oficina. Y sé que, esta vez, no seré de la excepción. Quien sabe ustedes... ¿sálvense?

Igual creo que seguiré divagando.
Me gusta divagar.

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