Llegué a Moscú el último día de verano. Llegué con el otoño a mis espaldas, con las hojas resplandecientes, fogosas, que exhalaban con gloria sus últimos colores hacia la ventana del tren.
Y me recibió una ciudad cuya belleza calmó el dolor de la guerra, me llenó con más sonrisas de las que estaba preparado para vivir, y mi corazón se hinchó, en el último día del verano de Moscú.
Soñé despierto entonces, con historias que había visto mil veces, con el misterio de los mundos, y vi continentes uniéndose y desapareciendo lentamente tras la sombra de los árboles, pero el silencio lo habitaba todo, y me amparó la luna llena, de la última noche del verano de Moscú.
No nos dijimos adiós, en el último día del verano.
Y yo la sigo esperando.
Pero ya es otoño,
acá en Moscú.
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