Quiero escribir un poco, eso no más. Lo que viene es consecuencia.
Pero, ¿y qué les digo que no sepan?
¿Qué les digo que no catalice un recuerdo olvidado o un "mira tú"?
No, no. Ustedes no son un problema, y aún si así fuera, no uno mío.
El problema es como llegar a dónde reside el entendimiento.
La caverna dónde la voz se hace eco.
Esa montaña en cada pecho que hace del viento
helado
aquel vibrante y perforador recordatorio de la vida.
Llegar
y tocar cada pulsión de existencia,
la imposibilidad del mestizaje
con los átomos
esa resistencia inconsciente y voluntaria
positrónica-electrónica, antimaterialística
vanguardista, clásica
moderna, artística y billonaria.
Metálica.
Cándida.
Llegar cruzando el páramo de una cerveza, un par de buenas tetas, un programa para reprogramar tras la pantalla.
Los ojos en tinta. La sangre en tinta. La tinta en pixeles.
Yendo más allá de meterla, sacarla y repetir. De agarrar, hundir los dedos, huir y repetir.
Después de arreglar las cuerdas.
Y repetir.
Al final de esperarla.
Después de cuando todos se dan cuenta que la esperamos.
Que diga que sí, o no diga nada
y se deje besar.
Tocar.
Y sucumba, caiga. Se desvanezca.
La verdad del caos.
Que no vendrá
y nunca existió.
Porque sabía que todo era una trampa.
Todo era una trampa
Para llegar.
Para rozar
ese lugar.
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