Lluvioso día en Ulan-Ude. La neblina envuelve tanto aquellos techos que vieron la Unión Soviética como los nacidos en la nueva Rusia, mientras se descubre, sacudiendo sábanas polvorientas, esa tranquilidad de un mal día. La que cura el remordimiento de no estar aplanando calles.
Ayer dejé que las ideas se hilaran solas, escribiendo sin freno. Estallidos, y es que son tantas cosas las que uno ve en la distancia cuando no se es lo suficientemente sensato como para respetar, justamente, esa distancia. Peleas, desazón, sufrimiento. Y pareciera que todo explota adentro. ¿Que hacer?
Escribo. Porque es mi forma de sacudirme de todo. De sentirme vivo, de intentar levantarme, tras ser atropellado al borde de la acera.
Me reduzco, aún así. Y es que no tengo palabras especiales, soluciones. No hay magia en mis actos. Quisiera. Solo tengo estertores sin estrategia.
No, no voy a unir a los jóvenes, ni a devolver la esperanza a los viejos. No voy a apaciguar la rabia, no voy a encausar la energía. No voy a devolverle el valor a la paciencia y la Fe al compañerismo. No voy a borrar los espejismos que hacen de símiles extremos, ni develar las invisibles piedras con las que seguimos cayendo. No, nada de eso. Solo puedo expulsar -una vez más- una pena individual. Una amargura solitaria.
Porque no sé que hacer para ayudar a los amigos que se piensan enemigos.
Pero sí puedo agradecer a los pocos amigos que siempre me leen, sobrepasando el aburrimiento, las largas divagaciones sin tanto contenido, desvariadas, hasta redundantes. Agradecerles porque me ayudan a sentirme vivo. Porque se nota el cariño. Porque sé que de alguna u otra forma estamos juntos, en esta impotencia.
Y porque lo intentamos. Porque igual, lo intentamos. Leyendo, escribiendo. Porque al menos no abandonamos todo al silencio.
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