lunes, 4 de septiembre de 2017

4 de septiembre


Miraba para abajo por la ventana de la micro, con la mochila abrazada contra el pecho. Iba sentado atrás, justo debajo de ese asiento que es un poco más alto. Cubierto, tapado ante no sé qué o quién. Otra gente quizás. Subía por Neptuno y miraba pasar una tras otra esas veredas de piedrecilla y arena, esos locales con rastros de pintura quizás de décadas atrás, ese desierto urbano. Y, entre tanto y tan poco, me pregunté si habría algo peor que esos segundos de lucidez en medio del beso definitivo de la locura.

Cuando ya estás perdido, cuando ya dejaste de ser, cuando eres un amasijo de reacciones y convulsiones de lo que alguna vez fue una persona común. El terror es, por un instante, recobrar lo que fuiste y pensabas. Un espasmo de vida en medio de lo que se hacía pasar por la muerte, en aquel embuste del olvido de uno mismo.

Quizás me surgió esa duda al pensar en esas mismas calles y su gente, en el recorrido que me quedaba hacer para llegar a la pega, y mi inconsciente rozó la figura de un anciano, el loco del barrio, a quien siempre se le puede ver por ahí con sus perros, tirando piedrecillas a otros perros, o niños, cuando le baja el ataque. Quien no soporta que lo molesten cuando esta en su rincón, quien blasfema y balbucea en su torpe, pero incansable, caminar con los pantalones casi a media asta.

Como fuere, me clavé en esa duda. En si habrá algo peor que darse cuenta que ese dulce vacío nunca fue tal, que la muerte era un espejismo, como el desmayo en una tortura. Que aún no hay fin. En ese improvisado despertar, que llega tan solo para hacerte caer en cuenta de que algo que pensabas que alguna vez fue únicamente tuyo, como tu cuerpo, siguió sin ti. Me clavé en la idea del pánico de estar preso a la voluntad del espasmo, de no saber de descanso, sólo de engaño, de angustia volátil, voluptuosa y volátil.

La micro seguía avanzando, y no pudo evitar dejarme dónde había otra pregunta. ¿No es esto acaso lo mismo que ya ha pasado, no hay un último cinismo en el traslape de la locura?

Y llegó a mí la caída de la hora de llegada y la hora de salida, el desgarro de los días de semana y los fines de semana, que ocultan la constancia, la gloriosa indiferencia de la luna y el sol. Llegaron a mí los ternos, los vestidos y los trajes, y se deshicieron en telas rajadas de alguna planta o algún animal; llegó el cemento, el concreto y el asfalto, desmembrándose en piedras puestas sobre un volcán que está a punto de estallar, sobre una tierra que está a punto de temblar, de sacudirse de esa mugre en su piel.

¿No es acaso la misma aterradora lucidez?, ¿no es también un brazo del mismo túnel lo que aparece cuando este teatro, esta comedia que pretende tener amaestrado al vacío, se muestra desnudo? Parece, parece ser la misma, lo mismo, lo que aparece cuando esta vida de micros que llegan a algún lugar se devela ante nuestros ojos en su estupidez; cuando nos damos cuenta del tiempo, y de hasta cómo hemos hecho retorcida la senda de hormigas y ovejas.

¿No es el mismo pánico, aquel que nos abraza cuando entendemos lo profundamente insensato que es este esquema, esta coreografía dónde mueren personas al azar, tan solo por nacer aquí o allá, y a veces por menos que eso; cuando no hay ninguna razón para que exista hambre, habiendo comida, frío, habiendo abrigo, soledad, habiendo otros; crueldad, habiendo muerte?

¿No estamos día a día insertos en una locura tal como la del hombre con los pantalones a medio caer, balbuceando blasfemias a un cielo enfermo, tirando piedras a perros y niños?

Y si me abruma pensar en esos segundos de lucidez, en la mitad de la pobreza de una calle periférica, en el cuerpo de un vagabundo que se perdió a si mismo antes que yo naciera, ¿por qué no he sentido ese mismo terror cuando he visto, en los segundos de esa misma lucidez, la locura de mí andar y el de ustedes?

Quizás, el beso de la locura definitiva nos quita algo más que el aliento. Quizás, estando adentro, se pierden nuestras nociones del vértigo, como el dolor del parto se esfuma en quien se vuelve a embarazar.

Quizás el pánico sólo existe en el mismo segundo de la lucidez, y este no es uno.

Quizás sólo imaginamos por un momento que podríamos ser mejores, y eso no alcanza. No alcanzó. No, no es ni será suficiente, para que duela, para temblar de miedo en la lucidez. Porque no duele tanto el darse cuenta de estar loco en esta locura, la que han dejado de lado nuestros locos, esos que blasfeman al cielo y tiran piedras a perros y niños.

Y si sólo lo imaginamos por un momento, el haber sido algo más, entonces nunca hubo una normalidad que añorar, o un camino perdido. Y en consecuencia, una moralidad ulterior a esta falsa moralidad, propia sólo de esta misma locura.

Y así, tampoco existiría algún generador de culpa que retuerza el alma por los crímenes cometidos en la ausencia de uno mismo, una ausencia notoria sólo en la breve lucidez. Pero fútil en la carencia del contraste.

Y horrible. Seríamos la sangre de una locura horrible, una locura castigadora de las otras locuras, una locura antropófaga, si en su locura decidiera convertirse en un ser humano. Una locura que no permite otras locuras. Una locura celosa, una locura que no quiere que la espejeen. Que la hagan mirarse en los ojos de otros locos y darse cuenta de su propia locura. Violenta y salvaje. Un monstruo abrumador, tranquilo, y contundente en su imperio, en su dominio.

Entonces, el mesías de los locos.

De nuestros locos. En eso pienso ahora. En una figura mítica, bíblica, coránica, talmúdica y búdica, que se los lleve, a todos quienes decidieron -consciente o inconscientemente-, no ser parte de esta otra locura, la bestial. Un avatar que se los lleve a la tierra prometida. A un lugar con muchos perros y niños. Y algunas piedrecillas.

¿Y yo?, no sé si me aceptaría.

Pero quizás, si me regala un segundo la cruel lucidez, tal vez pueda preparar el tiempo, el camino, el sentido, y en las calles de este desamparado rincón de la ciudad, pueda afinar mi puntería. Antes de que llegue él, ella, o la policía. 

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