martes, 14 de marzo de 2017
15 de marzo 2017
Hay arañas. Lo sé, porque no las mato. Cuando aparecen agarro un vaso y las tomo, deslizando una postal con las estrellas de Escorpio por abajo, con cuidado y lentamente para no herir sus patas. Después las dejo afuera de la ventana, que esta abierta. Lleva todo el verano abierta.
Hay arañas y escucho música rusa, de la Unión Soviética en realidad. De los 80's. Escucho a Victor Tsoi. Ya van a ser como dos años desde que me lo presentaron, en la mesa de la cocina de un departamento cualquiera de Moscu.
Hay arañas dando vueltas, me escuchan como yo escucho la música en mis audífonos. Me escuchan y saben cuando estoy apunto de enloquecer, como pasa varias veces, ya varias veces al día.
Es mi mente, son los pensamientos. Cualquier cosa puede ser un gatillo. Cualquier cosa lo es. Y si hubiera una forma fácil de terminar todo ya lo hubiera hecho, pero nada es fácil cuando se es cobarde. Cuando se teme tal como se respira.
Hace meses, casi un año, que no veo salida. Solo sigo, y ya no sé si espero al desgaste final, la última espiral de locura que me saque de acá, o que ocurra lo que no concibo y todo vuelva a tener un sentido. Solo quiero dejar de sentirme encerrado, en esta celda de impotencia. En esta vida a medias.
Y que todo terminara, ya. Sencillo, tranquilo. Que alguien diga que está bien, que ya fue suficiente, que puedo salir. Y listo. Salir.
Quizás las arañas se apiaden de mi.
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