lunes, 16 de octubre de 2017

16 de Octubre 2017

Me molesta en exceso la inequidad, en su amplio y extendido sentido, ¿será el T.O.C.?

Quién sabe.

Me he ganado el apelativo de defensor de causas perdidas como eufemismo de otros epítetos que se dicen cuando no estoy.

He desesperado a muchos, aburrido a otros. Pero no puedo evitar la pasión que impulsa a tratar de darle una mano a algo hundido.

A veces no tengo razón, me equivoqué en la evaluación. A veces no consigo mover un milímetro la percepción. A veces se mezcla el ego y lo enloda todo.

Pero una y otra vez salgo a ese lugar. Más allá de lo políticamente correcto, más allá de lo sensato. Y cuando presiento que nada evitará la caída libre a la desgracia le rezo a Nina Simone, y pido no ser malentendido.

No siempre me escucha.

La empatía me parece un arma ciertos días. Una navaja de doble filo enfundada en el cinismo.

Lo complejo en sí, su totalidad, es ornamental. ¿Qué más podríamos esperar de afrentas de lo individual? Y las capas las mismas de siempre: cercanía, rabia, impotencia, ceguera. El lugar común.

Las capas que cubren la posibilidad de entenderse.

Quizás soy el pecado de ὕβρις, y mi naturaleza es ir contra los Dioses modernos, contra lo intocable. No dejar nada incuestionable.

Quizás mis ojos, en su enfermedad, pueden ver la desigualdad en el corazón lo furibundo. Aún envuelta entre las llamas.

Quizás no. No sería la primera vez que simplemente todo se desmorona con un simple: No.

Pero seguiré sumiso ante la conjunción de pensamiento, sentimiento y sentido. Y me obedeceré a mí mismo, soy hijo de mi triada.

Estoy y soy compelido, cándido, suicida o salvaje, a oponerme al tsunami.


A enfrentar con vehemencia los sesgos más ocultos, y silenciosos, de la injusticia. De la inequidad.

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