Me molesta en
exceso la inequidad, en su amplio y extendido sentido, ¿será el T.O.C.?
Quién sabe.
Me he ganado el
apelativo de defensor de causas perdidas como eufemismo de otros epítetos que
se dicen cuando no estoy.
He desesperado a
muchos, aburrido a otros. Pero no puedo evitar la pasión que impulsa a tratar
de darle una mano a algo hundido.
A veces no tengo
razón, me equivoqué en la evaluación. A veces no consigo mover un milímetro la
percepción. A veces se mezcla el ego y lo enloda todo.
Pero una y otra
vez salgo a ese lugar. Más allá de lo políticamente correcto, más allá de lo
sensato. Y cuando presiento que nada evitará la caída libre a la desgracia le
rezo a Nina Simone, y pido no ser malentendido.
No siempre me
escucha.
La empatía me
parece un arma ciertos días. Una navaja de doble filo enfundada en el cinismo.
Lo complejo en
sí, su totalidad, es ornamental. ¿Qué más podríamos esperar de afrentas de lo
individual? Y las capas las mismas de siempre: cercanía, rabia, impotencia,
ceguera. El lugar común.
Las capas que
cubren la posibilidad de entenderse.
Quizás soy el
pecado de ὕβρις, y mi naturaleza es ir contra los Dioses modernos, contra lo
intocable. No dejar nada incuestionable.
Quizás mis ojos,
en su enfermedad, pueden ver la desigualdad en el corazón lo furibundo. Aún
envuelta entre las llamas.
Quizás no. No
sería la primera vez que simplemente todo se desmorona con un simple: No.
Pero seguiré
sumiso ante la conjunción de pensamiento, sentimiento y sentido. Y me obedeceré
a mí mismo, soy hijo de mi triada.
Estoy y soy
compelido, cándido, suicida o salvaje, a oponerme al tsunami.
A enfrentar con
vehemencia los sesgos más ocultos, y silenciosos, de la injusticia. De la
inequidad.
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