La indiferencia se disuelve en una cadena de nociones sin
forma, sin origen ni fin, eslabones incesantes de arrepentimientos del pasado,
de incertidumbre, de terror ante el futuro.
Cada escenario es la esquela de una bomba de racimo que
te has atado al pecho.
Entre tanto los caballos tiran de las extremidades, y su
galopar desesperado retruena entre el cráneo y la cabeza. Se confunden los
gritos.
Hay un costado de fría calma, falsa calma. El costado que
da hacia el frente de alguien más.
Bajas la mirada, bajas por la pantalla, bajas por vidas,
noticias, publicidad, miras y miras sin parar, en una línea que no acaba jamás.
La furiosa desesperanza inunda y ahoga los poros.
Una cascada. Ya es una cascada.
Buscas personas, sólo hay imágenes. Estelas fugaces de
seres que alguna vez se cruzaron en tu camino. Que alguna vez fueron un día.
Y lo que llaman realidad golpea.
A veces te saca una risa. A veces pasa, en forma de
lugares, acciones, deberes, responsabilidades, distracciones. Y todo parece
haber sido un espectáculo para lo inconsciente, el eco de un circo cuyo único
espectador era el odio, propio e íntimo.
Lo que queda decanta en movimiento, en espiral, cíclico,
dónde lo fugaz llega a ser cualquiera y todas las opciones. Quien decide. Quien
mira. O la palabra misma.
Se expande, y así lo devoran sus hijos.
De los restos siempre nace el vacío
El vacío que es lo más cercano a un abrazo
Vacío, que es la sangre del caos
Y ahí nos encontramos, aún en lo tranquilo, aún a la
mitad de la ventana, en el punto exacto entre el adentro y afuera. Somos y estamos en el caos.
Y en la muerte
un deseo inútil,
una redundancia cándida
descansar en paz
Si aún existe un epitafio
Que diga: respiró
sufrió y descansó
por los breves segundos de una vida
en el caos
No hay comentarios:
Publicar un comentario