En un principio quise eso, lo tuve y me aburrí, y no lo quise más.
Lo dejé entonces, pero al tiempo volví a quererlo, un poco distinto, a ver si no me aburría esta vez, entonces no lo tuve.
Después aprendí a no quererlo de nuevo, pero lo seguía queriendo, quizás inconscientemente, y lo tuve una vez más. Pero ahí me lo quitaron, no me alcancé a aburrir. Ahí dolió.
Después decidí no saber si lo quería o no, y me anclé en la evasión en la incertidumbre. Y así no me di cuenta hasta que lo tuve nuevamente. Lo tuve y se perdió. Solo se perdió.
Y después me perdí yo. Me perdí en cuantas veces pasó lo mismo. Entonces dejé de tener sentido. Y quedó todo, en desorden. Y al mismo tiempo. Siempre.
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