9 de octubre 2013
Esa pradera. Ahí es donde iré a implotar, cuando encuentre la claridad suficiente para morir de pié, y seguir vivo. Abrazado a la consciencia de lo efímero.
Será como cuando se anulan las distancias al sentir el infinito, y el viaje en el espacio se hace inmediato, porque todo da lo mismo. Y todo es un segundo, cuando todo es todo. Y sigue siendo infinito. Pero me río. O reí. Quizás reiré. Aún me pierdo, porque me persiguen las direcciones. El norte, el sur. Todavía no encuentro el centro del todo. Salvo cuando me pierdo.
Dejaré las llamas brotar, y que truene la madera de los átomos. Lanzaré
palabras con más carga que el sueño de un sol moribundo. Con tanta
sustancia, que parecerán gomitas. Y las tomaré entre mis dedos para
aplastarlas y extenderlas, y así las dejaré ir. Aunque me comeré una. O
dos.
Recuerdo ahora, que las cosas se desgastaban en mis bolsillos, pero la canción decía que todo se quebraba, se rompía. Quería mantener el detalle. Hay un cuento, una historia entre medio. Mis bolsillos tienen su mundo. Y esas eran algunas palabras a donde ir. Un puerto al fin.
Por eso lo decía. Y ya lo dije, tiendo a perder las letras. Pero los conceptos de fondo quedan penando en mi pradera, donde la locura es fiesta y nunca deja de atardecer.
Y es en esa pradera, adonde iré a implotar. O quizás a descansar. Después de la claridad.
Recuerdo ahora, que las cosas se desgastaban en mis bolsillos, pero la canción decía que todo se quebraba, se rompía. Quería mantener el detalle. Hay un cuento, una historia entre medio. Mis bolsillos tienen su mundo. Y esas eran algunas palabras a donde ir. Un puerto al fin.
Por eso lo decía. Y ya lo dije, tiendo a perder las letras. Pero los conceptos de fondo quedan penando en mi pradera, donde la locura es fiesta y nunca deja de atardecer.
Y es en esa pradera, adonde iré a implotar. O quizás a descansar. Después de la claridad.
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