¿Que es compartir mucho?, ¿que es hablar de más?
¿Y después decir algo de lo que te puedas arrepentir?, no tiene sentido.
El arrepentimiento es amplio como las posibilidades del futuro. Es cada segundo del mañana, desde cualquier época.
Pero hoy es maquillaje -para decir- que siento. En mi corazón, siento. En mi alma, siento.
Que apesto.
Que soy el fracaso de algo que no fue ni si quiera un intento.
Tengo pena. Quedé corto, le pongo color. Tengo desesperanza. Desolación.
En la banalidad aparece con fuerza la miseria interna, nada la contiene. Y sí salgo, si camino o me quedo quieto, me estrello con la misma pared.
A veces me relajo en la posibilidad de que todo se acabe de repente. Que me acabe, de repente.
No tengo mucho porque vivir.
Tampoco tengo mucho porque morir.
Así está la balanza.
Y no soy fuerte, como para cambiarla, no en una vida sin amor. No soy fuerte.
Discúlpame, si te perdí. Olvide como ser interesante. Tampoco supe ser un buen hombre. Aunque ni si quiera estoy seguro de ser uno. Nunca me gustaron las categorías.
Discúlpame.
Voy a botar lo que siento, y me sentaré esperando un milagro, no abiertamente, pero si semi-inconscientemente
Trivialidades.
Coinciden las noches y voy juntando fracasos para cargar los dedos. Disparo, coinciden las noches, se juntan, se van. El té queda en la mesa.
Ella no me quiso, o quizás si, durante breves segundos que se diluyen por espera, por-que-sí, por respeto, por prudencia, por odio, por rabia, por miedo -como boomerang que va desde el pánico hasta el otro lado donde habitan las ganas de cruzarlo, y vuelve al punto muerto-, por pensar, por fealdad, por pobreza, por torpeza, por angustia, por falta de lo que destila la experiencia, por karma, azar o destino. O quizás no. Quizás simplemente no.
Lo malo de que se me aparezcan tan fácil las historias es que tienden a hacerse parte de mi vida.
Y un intento de buen guionista sabrá que inevitablemente se ha de contar un doloroso final en estos días, porque nadie quiso creer en algo más
¿Como congelar el tiempo?, me sentía tan cómodo por unos momentos, breves momentos. Toda una vida de meditación. Es un misterio arqueológico escondido en una cocina. El trance de la vigilia, abrir y cerrar los ojos. Quedarse ahí.
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