sábado, 13 de septiembre de 2014

Determinismo



Me gustan las mujeres. No es algo obvio, no es algo que siempre haya sabido ni es algo tácito. Es una determinación impuesta por factores exógenamente internos que -como otras tantas imposiciones- he combatido porque simplemente no me gusta que me digan que hacer sin que exista la posibilidad de que me feliciten por ello. Si, o sea, igual (a veces, no siempre) me gusta que me digan que hacer si después sé que me van a decir que lo hice bien y así me siento bacán. Siempre he querido estrellitas y caritas felices en mi vida, traumas de Kinder.

Ah y bueno, me gustan las mujeres. Creo que eso fue lo único que en cierto momento me hizo creer que no soy gay. O quizás lo soy, pero como los lesbianos de Plan Z. 

Como sea, me gustan las mujeres. Y lo peor, es que me gusta que me gusten. Poco a poco les pierdo el miedo cuando mi memoria, azotada por explosiones químicas, olvida todo, y cree que puedo ser feliz por primera y última vez una vez más.

Y me gustan.

Me gustan loquillas. No locas. Loquillas. Pecesillas. Risueñas, efervescentes, payasísticas y serias. Profundas. Trascendentales y depresivas por que logran ver más allá de las brechas de la vida, donde, tras ellas, todo es amargo y desolado. Me gustan comunistas y revolucionarias con calle, para hacer una dialéctica con mi anarquismo de escritorio. Me gustan mágicas, que sanen o quieran sanar, para que hagamos ritos y sahumerios, vayamos a clases ocultas y leamos de misterios. 

Me gustan.

Tímidas. Y salvajes. Violentas, suaves. Inocentes, rapaces. Devoradoras insaciables. Austeras. Sabias y frívolas. Y no, no me gusta un "simplemente contradictorias". No es blanco y negro, Amalgamas. Complejidades, explosiones. Que limpian, no que destruyen. Perspectiva. 

Me gustan tiernas, autosuficientes y buenas compañeras. Creativas, soñadoras. Con aguante e iniciativa. Musicales, amables. Comprensivas y apasionadas. Enojonas. Amurradas. Rasguñadoras, de piel y piedras. Sutilmente danzarinas, amigas del viento. Y que combinen con las hojas de los árboles de otoño. 

Me gustan temerosas, pero tranquilas en el miedo. Sólidamente inciertas. Vivas. Y en singular.

Me gustan así, porque cuando son así, desembocamos en más, en mejor, en quizás, en poesía. 

Y sé que solo hablo desde el egoísmo, con ansias de ser uno compartido. Egoísmo de a dos. O puede que no. Puede que de verdad no sea egoísmo y el deseo y la imaginería sean así parte del amor y sus alrededores. ¿Porqué no?

Lo trágico es que, dentro de la gama de condiciones propias de las imposiciones, se encuentran las paradojas. Aquellos elementos que le dan sentido a los libros, historias o chistes. Y en este caso, que aún no se descifra del todo, la paradoja es que esa mujer que me gusta posee como gran característica unificadora la capacidad de no ser atraída por personas como yo. 

Y en caso contrario, si por algún defecto de la matriz llegase a estar interesada, una complicada reacción sistemática en mi organismo, posiblemente conocida en su efecto como auto-sabotaje, generaría una noción de rechazo, miedo o algún otro tipo de inoculación con capacidad evolutiva diseñada para sortear las respectivas defensas.

Me gustan.

Y me voy a dormir sin esperar una epifanía.





No hay comentarios:

Publicar un comentario