miércoles, 2 de noviembre de 2016

2 de Noviembre 2015

Puedo escuchar un número ilimitado de veces una misma canción, así que le doy al replay frecuentemente si esa canción y yo estamos sincronizados. Y no salgo de ese círculo. Muchas veces me he quedado ahí para siempre.

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Me suena el estomago de hambre, pero ya me acostumbre a que lo hiciera. Es casi una tradición a estas alturas. Creo que ambos sabemos que nuestra relación no va a durar mucho.

Voy a Londres mañana, y estoy más apesadumbrado que feliz. Puede ser la falta de vitamina D, o que se me escapa la incertidumbre y poco a poco estoy retornando al lugar de donde quería escapar. Dónde los nombres de los días tienen sentido y las horas indican y cierran posibilidades.

Estoy al final de las posesiones. Los caminos para seguir no construyen. Tengo mi cabeza llena de retazos y tengo miedo de no poder sacudirme la piel. Tengo pánico de que solo me quede la sonrisa a medias, y de no saber que hacer para seguir tranquilo en la irrelevancia.

Y no es un problema dejarme atrapar, y ser un funcionario más, un cuidador con historias oxidadas. El problema es que aún me importa. Y pareciera que nada aprendí limpiando platos y baños, restregando pisos, cuidando plantas, recolectando frutas. Aún inflo un globo que me lleva hacia abajo del mar.

No conseguí pasaporte para la locura. Solo soy un fan. Uno que escribe cosas que no parecen salvar. Y hoy si me quiero salvar. Que me perdone Benedetti, que yo me quiero agarrar de algo. Que no me quiero soltar, que las vueltas ya van tan rápido y voy a terminar, si me suelto, en dónde nada cambió.

No tengo paciencia. Ni Fe. No cultivé talentos y el esfuerzo se diluyó. Solo he cruzado el mundo. Y tan solo por eso todo podría haber sido peor. Anécdotas.
Estaba tan feliz perdido, me doy cuenta ahora que tengo destino.

Disculpen mi duelo, pero es que veo en el horizonte los escombros de los barcos que quemé.

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