lunes, 27 de junio de 2016
De Rozas
Cerré la página. Me engañé a mi mismo y puse antes la canción, esa que me transportó a un solitario Japón, uno de tantos. La puse antes de poder avanzar en la derrota, en el abandono físico, efímero y sencillo, de rozas. Donde ya no crece nada.
No es porque sea algo malo o bueno, es porque el tiempo. Porque hoy es un no-lugar en el tiempo, un mall al que siempre entro, el aeropuerto de la desazón, el supermercado del fracaso. Un no-lugar emocional. Siempre igual, siempre ahí.
Al menos me he alejado de Japón y las lágrimas. De esas noches un poco más oscuras por el sin sentido, que tanto se parecen a estas noches. Noches sin abrazos, noches sin nadie ni nada. Ni si quiera la música pertenece.
Recuerdo que antes se pensaba al lector, cuando se escribía. Había una barrera. Había una línea. Hoy ya todo da lo mismo, escribir simplemente desde adentro sin filtro da resultado, porque todos estamos pasando por lo mismo, en distintos tiempos se caen las máscaras. Pero todos estamos destruidos por la misma vara. Todos nos encontramos en la miseria, en lo perdido. Aunque sea redundante, en el sin sentido.
Podría haber mentido. Vuelvo al pasado, a las noches tristes de la época del colegio, que a poco andar se convirtieron en las miserables pero intermitentes noches de la universidad, y después del trabajo. Algunas lograron desaparecer. Algunas se escaparon de la realidad. Algunas ya no están acá, y no puedo alcanzarlas y son felices, quisiera creer. Pero está la noche aún llena de pasto y árboles de jardín y frío de otoño. Y frío de invierno. De calles, de recorridos, de madrugadas, de arrepentimientos, de desastres, de ilusiones, de puentes que quedaron ahí, sin terminar.
Quizás si apretaría un botón de reiniciar.
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