Una historia.
Los dos caminaban por la falda del cerro, uno de esos con arbustos tirados como por un puño gigante y artrítico, con un piso pintado de verde a brocha gorda. A uno se le cayó el yogur y mancho el suelo y el sofá con la cuchara que tenía adentro. El envase al menos estaba casi vació. Cuando se movió para recoger la cuchara y el envase botó sin querer el control remoto, se cuasi agachó esta vez, pues tan solo llevaba medio camino de vuelta y agarro el control remoto entre las manos con yogur, envase y cuchara. Tras una intensa pelea con el desastre, dejo todo en algo ubicado unos buenos grados más abajo de lo que podríamos considerar orden, pero era suficiente. El movimiento final, y probablemente inducido por todo el conjunto de los previos movimientos, provocó un sonido eléctrico en el adaptador y la salida de esas temidas chispas azules. El adaptador, que estaba colgando a su lado, cayendo a la altura del segundo asiento de los tres que tiene el sofá, era antiguo. Y a veces los movimientos bruscos derivaban en un recordatorio bastante notorio de aquello.
Tardo un tiempo en darse cuenta que no era dos, sino solamente uno, y que no estaba en un cerro, aunque en realidad todavía tenía ciertas dudas razonables acerca de ello. La realidad puede ser demasiado retorcida en algunos casos, y las probabilidades dan para todo. Incluso para la posibilidad de que en el fondo de para casi todo y no todo, como una recursividad asistida. Asistida por la futilidad y el ocio.
-¿Entonces qué?, se preguntó.
Esa costumbre de partir con preguntas. Aunque sabia que no partía, que ya había empezado esto antes y que aún así tenia razón en su alegato.
Cerró los ojos y se puso a contar. No era para saber del paso del tiempo, era simplemente la cosa que tenía más a mano. A mente. Repentinamente quebró el silencio con una risa estruendosa. Era un manco que recién descubría que no tenía manos. Las tenía. Pero así se sentía. Casi podía ver el vació después de los muñones, a la altura de los codos. Un poco más arriba. El cerro. Se miraba así mismo pensando que podría haber hecho allá.
La simbología de subir la cumbre, como el esfuerzo cotidiano de tratar de sobrepasar los obstáculos que se van haciendo más complejos por el desgaste y el camino, como dos máscaras totalmente distintas y al mismo tiempo profundamente relacionadas. Tenía que ver un poco con Sísifo, sabía, pero no era solo eso. Estaba el verde también. Es hermoso el verde, sobre todo el de un cerro.
Estaba cómodo, muy cómodo en la duda. La duda perpetuaba su existencia, y la duda podía ser eterna. No quería vivir para siempre, pero tampoco anhelaba un final temprano. Nunca se lo había cuestionado, pero ciertamente sabía que no lo quería. Quería saber hasta dónde podía llegar, en que podría terminar, quería saber, qué hay en su destino. Qué, esencialmente, está después de su destino. Quería ver exponencialmente en el futuro, sin necesidad de moverse en el tiempo. Era un aventurero, de eso se estaba dando cuenta.
La música le hacía danzar con facilidad, había percatado su existencia, repetitiva existencia. Pero al nivel de la redundancia del aire. Se creyó pájaro, y alzo sus alas para sentir el viento debajo de ellas y avanzar. Y conquistar. Volar. Nunca la palabra conquistar le había sonado más bella, que en ese momento, en que describió su relación con el aire, con el viento, con el momento, con la resistencia y lo que cede. Lo que se entrega en cada centímetro que pasa. Era profundamente dichoso, aunque la tendencia lo hiciera pensar primero en la palabra desdichado y después buscar su antónimo, como si se tratara de una traducción que hacer, pero no desde un idioma a otro, sino desde una vida a otra vida.
Sabía que ese camino era peligroso. Así que eligió otra senda, y siguió volando. Con la sutil sonrisa, que es más bien una mueca, de la satisfacción en el rostro. Un tatuaje de su voluntad dibujado con la comisura de sus labios.
Se arremangó las mangas, y se las volvió a bajar. Respiro profundo. Pensó en parar y continuar después. Creía en la reencarnación. Si, si creía. Sabía que era compleja. Una apuesta, a decir verdad. El mar, el oleaje, es muy inestable, y sus figuras son dibujadas por la cresta de las pequeñas olas que llegan a la orilla de una playa, una de arena mestiza. Había mucho que temer, pero no temía. Se entregaba, mientras seguía volando y recordaba su niñez en esa playa, en esa orilla. Su niñez que se hacía a si misma, en cada instante, mientras sostenía su sonrisa de profunda y trascendental satisfacción.
A estas alturas, a esa altura, ya podía llamarse una historia.
Y se fue volando, en dirección a algo muy parecido al horizonte, pero que no lo era como tal, abarcaba un poco menos, era más estrecho. Pero abarcaba un poco más de otra cosa también, de celeste. De profundidad. Se fue volando. Pensando suavemente en la resurrección, tal como va un suspiro acompañando un viento fresco de verano.
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