Lo que más temo, más que la muerte. Más que la rutina. Más
que el silencio. Más que el desempleo. Más que el olvido. Más que el lugar
común. Más que la calvicie.
Lo que más temo, es ser un hijo de puta.
Devenir en un infeliz, un manipulador. Que en su avidez por no hundirse en su miseria, aplasta los sentimientos de otros.
Tuyos.
Y lo temo, porque soy consciente de su realidad, de lo fácil que puedo llegar a serlo. Solo necesito distraerme un poco, no prestar atención
unos segundos, dejar que se desborde el ego.
Temo hacer daño.
Te.
Y temo que me dejes, aunque digas que el abandono no existe,
porque no somos de nadie.
Aunque ya no estemos juntos.
Temo estar encerrado, atrapado entre no sentir lo suficiente
como para hacer lo que debería hacer, y sentir lo suficiente como para hacer lo
insuficiente.
Temo ser cruel, vistiendo
de arrepentimiento y consciencia tardía las faltas, las heridas.
Pero por sobre todo temo, en esto de ser un hijo de puta,
despertar un día cualquiera, y darme cuenta
despertar un día cualquiera, y darme cuenta
que te amé.
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