miércoles, 4 de agosto de 2010

Una vez más

Nuevamente rondan las 3 de la mañana, y aun no es tiempo de usar viejos recursos, escritos antiguos. Algo me dice que esto debe seguir siendo sobre hoy, como ayer, como mañana. No mucho más lejos que eso.

La precaución de no alejarse mucho de la vida y su momento, como el niño que mira para atrás cuando va unos pasos adelante de su madre. Lo extraño es que -justamente- éste momento, es uno de los menos creativos que he tenido jamás.

Estoy cesante desde la semana pasada y, por mientras, espero a que me den la fecha para defender mi Tesis. O sea, no hago nada en particular. Hace días que no produzco, no leo nada interesante, no compongo canciones, no escribo, no estudio, no nada.

Por twitter leo que a esta hora ya van 3 réplicas fuertes del temblor en Concepción. La primera fue de 5.8 en la escala Richter, la segundo fue de 5.2 y la otra más débil parece, pero no dejan de asustar.

Veo como el terremoto tiene réplicas hasta el día de hoy, y siguen sin solucionarse los destrozos, en las vidas y las almas. Yo un tiempo grité, literalmente, porque había gente que no entendía que los voluntarios en el sur, a semanas después de que todo ocurriera, seguían sacando cuerpos de las playas.

No entendía como no veían que el frío venía. Las enfermedades, el desamparo. El hambre. Como no veían. Hasta que de un momento a otro, me doy cuenta con el tiempo, que mi voz se apagó. Como habiendo cruzado el umbral del dolor, nunca volví a pensar en ello, a hablar de ello, a trabajar por ello, como lo hice durante meses. Y yo también dejé de ver.

Hoy sólo pensaba en que estoy cesante, que tengo una Tesis que defender, y que tengo un bloqueo creativo.

Cuando estás perdido, cuando te sientes atrapado en ti mismo, amarrado por tus frustraciones, a veces pasa que te topas con algo que derriba las murallas que te impiden mirar hacía afuera. Y de cierta manera, se libera lo tóxico que uno encierra adentro. Te despejas.

Pero nadie quiere que le derriben las murallas tampoco, pues en el fondo son protectoras. Nos defienden de lo externo. Nos cuidan.

Y es que, aunque lo interno sea una cárcel, nunca se deja de temer el hecho de mirar tras la cerca, y sobre todo de darse cuenta, tras una simple mirada, de lo injusto que uno es con la vida.

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